Por Julio César González Pagés.
El feminismo ha sido un término muy cuestionado, interpretándose en muchos casos como un símil del machismo. Esta comparación es errónea porque independiente de cualquier tendencia extremista en otras latitudes, en Cuba cumplió un papel revolucionario, permitiendo la obtención de importantes reivindicaciones en fechas muy tempranas, como la Ley de la Patria Potestad (1917), la Ley del Divorcio (1918) y del Sufragio Femenino (1934).
Sobre el feminismo cubano existe una amplia bibliografía que pudiera estudiarse con mayor profundidad. Personalidades de la cultura nacional como Vicentina Antuña, Mirta Aguirre, Camila Enríquez Ureña y Enrique José Varona aportaron ensayos de inestimable valor.
Las experiencias vividas en los espacios privados y públicos por las mujeres del siglo XIX en Cuba, pueden acercarnos a una apreciación más certera de cómo y cuándo fue que se tomaron las primeras ideas conocidas como “feminismo” por las mujeres y hombres del país. En esa época se fomentaba el paradigma de mujer-santa que desempeñaría los roles maternales, maritales y domésticos, bien alejados de todo lo que la separase de su condición estigmatizada de “bello sexo” o de “sexo débil”.
En la década del 70, las ideas de una educación especial para la mujer permitieron una asimilación mucho más rápida de las nociones feministas. Los colegios para señoritas -como se les denominaron- permitieron que pedagogas como Dora Galarraga y María Luisa Dolz ganaran en prestigio, sobre todo la Dolz, que incluyó la Segunda Enseñanza, requisito obligatorio para la entrada de mujeres cubanas a la Universidad.
El siglo XIX marcó el surgimiento de las primeras ideas feministas en Cuba, que se reflejaron sobre todo en la década del 90 en mujeres como Elvira Martínez, Angela Landa, Martina Piedra Po, Fany Galarraga, Aurelia Castillo y María Luisa Dolz, autora esta última del discurso femenino más polémico de la década, Feminismo injusticia de los códigos, el cual se reflejó en una veintena de publicaciones que incluyeron los rotativos de mayor difusión del país.
En el siglo XX otro acontecimiento trascendental para las mujeres sucedería el 21 de marzo de 1918, cuando un grupo de ellas se nucleó para conformar una de las organizaciones más importante del feminismo nacional: el Club Femenino de Cuba.
Este Club seria el encargado de promover el primer intento de federación de mujeres en Cuba en el año de 1921. La Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, convocaría el 11 de octubre de 1922 a la celebración del I Congreso Na¬cional de Mujeres que tendría la particularidad de ser el primero celebrado en Hispanoamérica.
En el acto inaugural, celebrado el domingo 1 de abril, a las nueve de la noche, en el Teatro Nacional, y ante una concurrencia que lo abarrotó, Pilar Morlón pronunció un discurso donde ella misma se sorprendía de que el Congreso fuera ideado y autofinanciado por las propias mujeres:
Una revolución, sí, efectivamente es revolución pacífica o evolución, no importa el nombre, pero algo nuevo, algo desconocido entre nosotros, donde hasta hoy la mujer tuvo sus actividades limitadas a un papel humildemente pasivo, algo cambiado inexorablemente en la marcha habitual de nuestras cosas (...) Es ésta nuestra Revolución.
Dos años después es celebrado el II Congreso Nacional de Mujeres, del 12 al 18 de abril en los mismos escenarios que el anterior.
A trece años de los dos primeros congresos la izquierda femenina ganaría auge, esta sería la nueva fuerza protagonista en el Tercer Congreso Nacional Femenino que se celebraría en La Habana entre los días 18 y 22 de abril de 1939.
Una de las grandes protagonistas de esta nueva etapa del feminismo en Cuba fue Vicentina Antuña, integrante de la mesa ejecutiva principal y del comité gestor de este Tercer Congreso.
En una de las proclamas Pro Congreso elaborada por Antuña, se expresaba que esta representaba una nueva era para la mujer cubana, que ya tenía el voto pero añoraba otras conquistas y afirmaba:
Ante ese panorama un grupo de mujeres, sin otro título que su dedicación entusiasta a la lucha por los derechos femeninos y su participación en la vida social de Cuba desde la fábrica, la profesión, la cátedra, o el aula, ha creído que precisaba organizar de inmediato una amplia reunión, un verdadero Congreso Nacional, en la que la representatividad de la mujer cubana en sus diverso sectores, clases y credos, armónicamente juntas en el afán de resolver las cuestiones que ha todas nos afectan.
Este Congreso, a diferencia de los dos anteriores, no permitió ataques políticos, religiosos o ideológicos entre sus delegadas, que tenían como lema "Por la Mujer, por el niño, por la paz y el progreso de Cuba”.
La coyuntura internacional matizada por la actividad disuasiva de la URSS con respecto al avance del fascismo, influyó de forma directa en la programación del evento. El ánimo antibélico podía ser leído en las convocatorias a las actividades: "Gran acto contra la guerra imperialista. Organizado por el Tercer Congreso Nacional Femenino. Allí todas las mujeres de este barrio alzaremos nuestras voces para decir que Cuba no participe en esta guerra.”
La expansión del programa del evento llevó a realizar actos durante todo el año de 1939 en los más disímiles barrios de La Habana: Las Yaguas, Arroyo Naranjo y Habana Vieja, y en algunas provincias como Ciego de Ávila y Santa Clara. Las actividades estaban dirigidas fundamentalmente a las mujeres de menos recursos, y la propaganda así lo expresaría al exhortarlas a la "igualdad de derechos para la mujer negra, por trabajo igual, salario igual. Por una Constituyente que garantice plenamente los derechos específicos de la mujer".
De las 2 000 delegadas presentes en el evento, alrededor del 20% eran negras, muchas de las cuales representaban a sectores obreros o familiares, marco que fue aprovechado por ellas para crear diferentes grupos según el gremio ocupacional, siendo uno de los más significativos el Comité de Mujeres Familiares de Obreros de Ómnibus Aliados
Dada su eminente simpatía por la causa de la izquierda, la prensa burguesa se ausentó del Congreso; sin embargo, esta acción no pudo impedir que los actos convocados, incluyendo la inauguración en el Teatro Nacional, alcanzaran una repercusión nacional.
En sus palabras antes el Congreso Vicentina Antuña afirmaba:
“La mujer que ha estado quemando su vida en desvelos constantes procurando nutrirse de la Cultura universal para después ponerla al servicio social del magisterio. La que ha sufrido tantas veces las pretericiones en todos lo ordenes de la actividad humana. Las que han tomado el camino político procurando encontrar, mediante el mismo la salvación de esa desigualdad. Esta mujer, cuyos problemas van a ser discutidos ahora con el respaldo de la inmensa mayoría y la fuerza de que ello podrá significar ante los organismos encargados de responder nuestros clamores, no podrán estar ausentes de este Congreso(…)
Ese mismo año, el 25 de julio, una de las organizadoras principales del evento, Camila Henríquez Ureña, disertaría con una conferencia donde demostraba el grado de madurez del feminismo de izquierda en Cuba. Henríquez Ureña, en una conferencia pronunciada en la Institución Hispano Cubana de Cultura, habló, sin ambages, de la situación de la población femenina en Cuba, exhortándola a desarrollar su autoestima:
Hay un campo, sin embargo, en que las mujeres tenemos que construir desde ahora: nuestro campo interior. Nuestras virtudes tradicionales han sido negativas: sumisión, obediencia, silencio, apartamiento, fragilidad. Las funciones de la nueva vida a que nos asomamos nos exigen cualidades positivas: independencia de criterio, firmeza, serenidad, espíritu de cooperación, sentimiento de comunidad humana. Esto es muy difícil (...) pero esa etapa terminó, y aunque lo lamenten los que lo temen, hemos de seguir adelante
Las conclusiones de esta reunión femenina exigieron una reforma a la Carta Magna de la República exhortándola a:
La derogación de todos los artículos del Código Civil que establezcan desigualdades entre el hombre y la mujer e impidan el ejercicio conjunto o separadamente de los derechos que emanan de la unión conyugal en relación con los hijos o entre sí. Llevar esas modificaciones a los códigos, leyes, decretos leyes o disposiciones de cualquier índole que afecten a la mujer en su personalidad jurídica.
Los debates del Tercer Congreso Nacional Femenino se extendieron a todo el año 1939 con el argumento de “la igualdad de ambos sexos”, lo que permitiría que este tema fuera priorizado en las sesiones de la Asamblea Constituyente. Esta reunión tuvo la particularidad de contar por primera vez, con la asistencia de tres mujeres
El primero de julio de 1940 entró en vigor una avanzada Constitución donde el movimiento feminista obtuvo importantes reivindicaciones. El reconocimiento de sus derechos en la Ley Fundamental de la República significó así una ruptura con respecto al androcentrismo expresado en la Constitución de 1901
La Constitución de 1940 no cambiaría en la práctica la situación de inferioridad de las mujeres, las cuales continuaron percibiendo salarios más bajos que los hombres. Esta nueva Constitución, no obstante, permitió que las mujeres cubanas dispusieran de una serie de reconocimientos, desconocidos en otras áreas de Latinoamérica. Terminaba así la época más gloriosa del feminismo cubano, la correspondiente a la lucha por el reconocimiento de sus derechos civiles, entre ellos, el del voto.
A partir de 1940, con la firma de la nueva Constitución, y con ella la ratificación del derecho al voto, este movimiento se atomiza, ganando en pluralidad, pero perdiendo la unidad en este objetivo común.
La incorporación de forma escalonada de diferentes sectores sociales y raciales representados por mujeres obreras y negras también fue un logro de un movimiento donde la pluralidad fue algo que lo caracterizo y que no le permitió unidad en objetivos comunes.
En palabras de la abogada feminista cubana Ofelia Domínguez Navarro era muy difícil conciliar los mismos intereses, en una Asociación, de la Marquesa de Tiedra y los de las Obreras despalilladora de tabaco, integrantes todas de la Alianza Nacional Feminista, en 1928, por solo citar un ejemplo.
De forma general el periodo que se enmarca entre las décadas del 20 y del 30 lo podemos señalar como el más importante dentro del movimiento feminista en Cuba. Esta etapa enmarcada dentro del feminismo liberal se vio caracterizada por la creación de 36 asociaciones feministas que nuclearon en este periodo a mas de 50 mil mujeres capaces de difundir estas ideas en todo el país, sobre todo partiendo de los Congresos Feministas realizados en este periodo en los años de 1923, 1925 y 1939.
La labor unitaria desarrollada por Vicentina Antuña en este periodo fue decisiva sobre todo por su entusiasmo no solo en el tema del feminismo y los derechos de las mujeres sino también por la Cultura de Paz.
Ella expreso en la Clausura del III Congreso de Mujeres en 1939:
Pero la paz no puede concebirse tan sólo en el orden internacional. Hay una paz nacional, interna, que también es necesario mantener a toda costa y que la mujer, como ningún otro factor, esta impelida a defender. Durante los últimos años Cuba, puede decirse ha vivido de manera provisional, siempre zozobrante y esperando que el equilibrio político pudiera quebrarse en uno u otro sentido. Como hemos dicho el Congreso no puede tener un matiz partidista ni esencialmente político. Pero creemos que no hay mujer honrada que pueda sostener sin sonrojo, que le es indiferente el porvenir de su país. En verdad sabemos las mujeres que el futuro de Cuba depende de nuestro propio futuro. Y que si esa mañana en vez de progreso y de paz es de guerra civil y de quebrantamiento de los ideales patrios, permanecerá la mujer sometida más que nunca al vasallaje y la desigualdad que ahora quiere superar. Por eso, nuestro Congreso tendrá que ser también –por proponerse la liberación de la mujer- una contribución al progreso y al desarrollo pacífico del pueblo cubano.
Su ferviente apoyo a los temas de la Paz en Cuba y el mundo la llevaron a conformar el secretariado del Congreso Nacional Por la Paz y La Democracia, en 1939, junto a conocidas figuras como Emilio Roig y Elías Entralgo. En un llamado a la unidad y adhesión al mismo, Vicentina proclamaba:
La persistente tensión internacional, los síntomas de la amenaza de una nueva guerra, han producido en los últimos tiempos la movilización activa de las fuerzas que en todos los países del mundo ansían el mantenimiento de la paz y propenden a que las contradicciones existentes entre las grandes potencias sean resueltas por la vía pacífica y no por medio de la contienda armada.
Expresiones de esa gran movilización mundial a favor de la paz han sido el Congreso de Escritores y Artistas celebrado recientemente en la ciudad de Nueva York, al que concurrieron figuras de las mas destacadas en las letras, artes y ciencias de los distintos Continentes, y el Congreso Mundial de Partidarios de la Paz que se ha efectuado en París, donde mas de tres mil delegados en representación de 600 millones de hombres y mujeres de todos los parajes de la tierra expresaron su firme voluntad de Paz.
Considerando que Cuba esta obligada a contribuir en la modesta medida de sus posibilidades a la tarea de asegurar la paz, un grupo de hombres y mujeres representativos de los más variados sectores nacionales, hemos tomado la iniciativa de llamar a la celebración de un Congreso Nacional por la Paz y la Democracia.
Los ideales por los que lucho y vivió Vicentina Antuña aun están vivos, por eso este año en su cien aniversario nos unimos a sus empeños por Federar y unir los ideales de mujeres y hombres con vocación revolucionaria, feminista y pacifista.
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lunes, 9 de febrero de 2009
sábado, 10 de enero de 2009
Del rosado al rojo, solo un paso.
Por LAURA ELENA ÁLVAREZ RODRÍGUEZ. Estudiante de cuarto año de historia de la Universidad de La Habana
Tengo veintiún años, soy mujer y vivo en Consolación del Sur, un pueblo de la provincia de Pinar del Río, de unos 88 mil habitantes con un casco urbano bastante amplio para ser considerado rural. Sin embargo, más allá de la infraestructura, nivel educacional y medios de vida, es la mentalidad patriarcal y arcaica de sus pobladores la que podría ubicar al “violento condado” como escenario de cualquier película de acción holliwoodense de los sábados.
La violencia aquí, como en cualquier lugar, tiene muchas formas de manifestarse. Desde la maestra de la escuela primaria que exige a un niño de cinco años que hable duro como los machos, hasta los crímenes múltiples de tipo pasional ( si es que no concuerdan conmigo en que la primera es causa de la segunda). En todos los aspectos de la vida cotidiana se hace uso y abuso del poder que cada ser social tiene sobre otro, en aras de aferrarse a modos de vida que ya no son compatibles con las dinámicas sociales del siglo XXI.
En función de mantener a la familia unida, de preservar la moral y el respeto que ésta ha conquistado entre las demás, se incurre de forma tácita o abierta, en constantes limitaciones a la libertad de hacer de cada ser humano, lo que más le plazca con su vida. En esta punto, acotaría mi papá –sí, todo el mundo puede hacer lo que guste, siempre que no afecte a los demás-. Pero es que la medida en que “los demás” se sienten “afectados” es impresionantemente abarcadora. Los tabúes, prejuicios y criterios anacrónicos de lo que es la buena conducta, matizan con todas las tonalidades del gris, vidas absolutamente insípidas, generación tras generación.
El caso de la mujer, como se sobreentiende, viene a ser de los más complejos en el esquema social de vida que se diseña desde edades bien tempranas: mujer-débil, respeta a hombre-fuerte que la protege. Los roles que ocupa en el plano profesional son los más diversos, desde los cargos de dirección de cualquier empresa con grandes responsabilidades, hasta obrera agrícola de largas y extenuantes jornadas de trabajo; a pesar de ello en el hogar las funciones que desempeña son las mismas que en los tiempos en que solo era ama de casa.
Sin embargo no es a este plano visible sobre el que me gustaría arrojar un poco de luz. Y es que supongamos que al llegar del trabajo, Neyda mi vecina, se encuentre un día la casa limpia y la comida hecha por su esposo. Pensaríamos que el problema se solucionó y no es así. La experiencia en Consolación del Sur ha demostrado que son varias las cuestiones en que el hombre está dispuesto a transigir, como ésta de los roles domésticos. Por fregar este señor no considera a su esposa igual a él. Si otro día Neyda llega tarde del trabajo y a su esposo alguien le gritó por casualidad en el estadio de pelota: cabrón, cuando se ponchó; no harán falta más razones para una buena discusión pensarán ustedes, pues para que la mate a puñaladas, les aseguro yo.
Mi certeza frente a este caso hipotético se basa simplemente en las estadísticas. Los casos de uso de la violencia extrema por parte del hombre, para salvar la hombría que su medio le ha construido, son abundantes. Desafortunadamente las fuentes oficiales del municipio, no me autorizaron a citarlas como evidencias de estos datos de hechos de sangre, que extraoficialmente me permitieron consultar. Un estudio comparativo durante la última década sería muy interesante. Por ahora debemos conformarnos con saber que los hechos de sangre aumentaron sustancialmente del año 2007 al 2008. Los acontecidos entre hombres con pérdida de la vida de alguno de ellos, aventajan a los ocurridos entre hombre-mujer en muy poco, siendo las últimas las víctimas fatales en todos los casos. Los móviles para la incidencia de asesinatos y homicidios por parte de los hombres hacia las mujeres, son cuestiones pasionales en la casi totalidad de los hechos. ¿Quiénes son los responsables de esta situación? ¿En qué factores radica su solución? En todos diría yo, comenzando por la maestra que no puede reprimir a un niño por su tono de voz. Y sobre todo en la familia como primera y fundamental institución productora de valores y conductas. Responsable máxima de combatir estas tendencias de las que todos somos víctimas y a las que todos con el silencio contribuimos.
Y no es mi crítica un llamado a la rebelión, ni a la subversión de la totalidad de los valores que en seno de estas familias se inculcan a sus miembros. Nadie mejor que la autora de estas líneas los sabría valorar, puesto que formo parte de una de ellas. Llamo a la posibilidad de elección, de realización en el plano personal como meta de cada grupo para sus integrantes. Posiblemente este señor no quería matar, pero prefiere ser un asesino a cargar con el estigma de “no ser hombre”.
Es difícil romper con los cánones tan fuertemente arraigados, pero repito que no llamo a la ruptura, sino al avance a través de preservar un equilibrio entre las viejas y las nuevas formas de modo que la familia, la escuela y la sociedad toda produzcan individuos más libres de hacer, de construir en lugar de matar.
Por último quisiera hacer también un llamado a los medios masivos de comunicación que por omitir estos problemas dan la sensación de que no existen. Ignorarlos lejos está de ser la solución para resolver
Tengo veintiún años, soy mujer y vivo en Consolación del Sur, un pueblo de la provincia de Pinar del Río, de unos 88 mil habitantes con un casco urbano bastante amplio para ser considerado rural. Sin embargo, más allá de la infraestructura, nivel educacional y medios de vida, es la mentalidad patriarcal y arcaica de sus pobladores la que podría ubicar al “violento condado” como escenario de cualquier película de acción holliwoodense de los sábados.
La violencia aquí, como en cualquier lugar, tiene muchas formas de manifestarse. Desde la maestra de la escuela primaria que exige a un niño de cinco años que hable duro como los machos, hasta los crímenes múltiples de tipo pasional ( si es que no concuerdan conmigo en que la primera es causa de la segunda). En todos los aspectos de la vida cotidiana se hace uso y abuso del poder que cada ser social tiene sobre otro, en aras de aferrarse a modos de vida que ya no son compatibles con las dinámicas sociales del siglo XXI.
En función de mantener a la familia unida, de preservar la moral y el respeto que ésta ha conquistado entre las demás, se incurre de forma tácita o abierta, en constantes limitaciones a la libertad de hacer de cada ser humano, lo que más le plazca con su vida. En esta punto, acotaría mi papá –sí, todo el mundo puede hacer lo que guste, siempre que no afecte a los demás-. Pero es que la medida en que “los demás” se sienten “afectados” es impresionantemente abarcadora. Los tabúes, prejuicios y criterios anacrónicos de lo que es la buena conducta, matizan con todas las tonalidades del gris, vidas absolutamente insípidas, generación tras generación.
El caso de la mujer, como se sobreentiende, viene a ser de los más complejos en el esquema social de vida que se diseña desde edades bien tempranas: mujer-débil, respeta a hombre-fuerte que la protege. Los roles que ocupa en el plano profesional son los más diversos, desde los cargos de dirección de cualquier empresa con grandes responsabilidades, hasta obrera agrícola de largas y extenuantes jornadas de trabajo; a pesar de ello en el hogar las funciones que desempeña son las mismas que en los tiempos en que solo era ama de casa.
Sin embargo no es a este plano visible sobre el que me gustaría arrojar un poco de luz. Y es que supongamos que al llegar del trabajo, Neyda mi vecina, se encuentre un día la casa limpia y la comida hecha por su esposo. Pensaríamos que el problema se solucionó y no es así. La experiencia en Consolación del Sur ha demostrado que son varias las cuestiones en que el hombre está dispuesto a transigir, como ésta de los roles domésticos. Por fregar este señor no considera a su esposa igual a él. Si otro día Neyda llega tarde del trabajo y a su esposo alguien le gritó por casualidad en el estadio de pelota: cabrón, cuando se ponchó; no harán falta más razones para una buena discusión pensarán ustedes, pues para que la mate a puñaladas, les aseguro yo.
Mi certeza frente a este caso hipotético se basa simplemente en las estadísticas. Los casos de uso de la violencia extrema por parte del hombre, para salvar la hombría que su medio le ha construido, son abundantes. Desafortunadamente las fuentes oficiales del municipio, no me autorizaron a citarlas como evidencias de estos datos de hechos de sangre, que extraoficialmente me permitieron consultar. Un estudio comparativo durante la última década sería muy interesante. Por ahora debemos conformarnos con saber que los hechos de sangre aumentaron sustancialmente del año 2007 al 2008. Los acontecidos entre hombres con pérdida de la vida de alguno de ellos, aventajan a los ocurridos entre hombre-mujer en muy poco, siendo las últimas las víctimas fatales en todos los casos. Los móviles para la incidencia de asesinatos y homicidios por parte de los hombres hacia las mujeres, son cuestiones pasionales en la casi totalidad de los hechos. ¿Quiénes son los responsables de esta situación? ¿En qué factores radica su solución? En todos diría yo, comenzando por la maestra que no puede reprimir a un niño por su tono de voz. Y sobre todo en la familia como primera y fundamental institución productora de valores y conductas. Responsable máxima de combatir estas tendencias de las que todos somos víctimas y a las que todos con el silencio contribuimos.
Y no es mi crítica un llamado a la rebelión, ni a la subversión de la totalidad de los valores que en seno de estas familias se inculcan a sus miembros. Nadie mejor que la autora de estas líneas los sabría valorar, puesto que formo parte de una de ellas. Llamo a la posibilidad de elección, de realización en el plano personal como meta de cada grupo para sus integrantes. Posiblemente este señor no quería matar, pero prefiere ser un asesino a cargar con el estigma de “no ser hombre”.
Es difícil romper con los cánones tan fuertemente arraigados, pero repito que no llamo a la ruptura, sino al avance a través de preservar un equilibrio entre las viejas y las nuevas formas de modo que la familia, la escuela y la sociedad toda produzcan individuos más libres de hacer, de construir en lugar de matar.
Por último quisiera hacer también un llamado a los medios masivos de comunicación que por omitir estos problemas dan la sensación de que no existen. Ignorarlos lejos está de ser la solución para resolver
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¿Cayó Eva o la empujaron?
por YAIMA GIL POUTOU cuarto año de Historia Universidad de La Habana
En la actualidad las mujeres hemos logrado superar en cierta medida las inequidades de género de la que hemos sido víctimas desde los mismos inicios de la historia. A través de las banderas del feminismo la mujer pretende un mundo inclusivo, igualitario, sin estereotipos que no solo afectan a ellas sino también a los hombres, pues estos son forzados a adecuarse formalmente a conceptos milenarios y decadentes que los hacen suprimir emociones, necesidades y posibilidades, de lo cual podría citar innumerables ejemplos que son sencillos de ver en la vida cotidiana, pues se reproducen dentro de nuestros propios hogares, aún hoy en pleno siglo XXI. Cuantas veces no escuchamos frases como: los hombres no lloran; eso son cosas de niñas(os), etc. ¿Dónde esta, ahora mismo la línea divisoria entre lo que define a una mujer o a un hombre como integrante de la sociedad? ¿Porqué continuar reproduciendo patrones que en este momento carecen de cualquier sentido? La mujer moderna ha demostrado tener la capacidad para desarrollarse como ser social activo igual que el hombre, incluso más, pues a ella se le exige ser excepcional. Sin embargo mientras pensaba a qué dedicar específicamente este trabajo vino a mi mente una institución que mantuvo, mantiene y mantendrá diferencias entre ambos sexos: la Iglesia.
¿Por qué no puede una mujer ser sacerdote? No existe ninguna base bíblica que limite a los individuos el ejercicio del sacerdocio y por tanto la ordenación de las mujeres, así que estamos hablando de una tradición que revela la innegable influencia de los prejuicios desfavorables a las mujeres o de interpretaciones interesadas de quienes se han reservado el liderazgo. A continuación trataré de explicar los planteamientos anteriores.
Según investigaciones de Lavinia Byrne (miembro de la Orden de la Sagrada Virgen María y secretaria asociada de la Comunidad de Mujeres y Hombres de la Iglesia para el Consejo de Iglesias de la Gran Bretaña e Irlanda), el sistema actual se basa en dos premisas teológicas. Una de ellas se fundamenta en las Escrituras y señala que Jesús eligió a mujeres como discípulas y a hombres como apóstoles, estableciéndose desde entonces una división sexista. La otra se fundamenta en el ordenamiento simbólico de la realidad, es decir, Dios envió a su hijo al mundo y con ello establece una cadena de mando masculino que sigue hasta nuestros días.
Sin embargo la Iglesia se ha adecuado a los nuevos tiempos, a las condiciones concretas de la contemporaneidad en muchos aspectos, por ejemplo la misa pasó de latín a lengua vernácula, han reajustado su teoría de la creación teniendo en cuenta la incuestionable veracidad de la ciencia. Entonces, porqué no se pueden transformar también otras normas que llevarían a la mujer al liderazgo eclesiástico.
Si bien es cierto que son siglos de lo que podríamos llamar hegemonía masculina aceptada, ahora es lógico que las mujeres y también los hombres se den cuenta que un reparto de papeles basado en el sexo infantiliza la sexualidad femenina. Las religiosas actúales de la mayoría de las congregaciones, tienen, según me he informado, más responsabilidades que la figura del cura propiamente dicha, pues este se encarga del cuidado espiritual y ellas de los problemas concretos de una determinada comunidad: pobreza, enfermedad, abandono, marginalidad y además orientan espiritualmente, por lo que no es difícil darse cuenta que capacidad sobra y que la misma es reconocida.
Hace cuatro décadas atrás a las religiosas se les dio una idea sutil de igualdad. A partir del Concilio Vaticano II se les concedió mayor participación, que solo quedó en eso, más trabajo, más compromiso por parte de ellas. Hoy, cuarenta años después, cuando miles de feministas religiosas piden la total equidad dentro de la Iglesia, ellas siguen asumiendo, pero no conformándose con el papel que les han impuesto, sin atreverme a cuestionar su vocación.
Las monjas contemporáneas cubanas e imagino que las del resto del mundo se enfrentan a estereotipos propios del desconocimiento y la falta de fe de los tiempos actuales por parte de una sociedad que le cuesta entender lo que se distancia de su realidad objetiva, se les tilda de reprimidas, homosexuales. Además tienen que soportar no solo la violencia externa (refiriéndome a población laica y/o no católica) de la que son víctimas, sino también la discriminación dentro de su medio.
Las mujeres deseamos ser más valoradas, pues eso significa, entre otras cosas, tener poder: no ser discriminadas, no vivir en un mundo enteramente configurado por voluntades ajenas, cuyos intereses nos son extraños, y hasta hostiles. Vivir en un mundo en que todas y todos convivamos como iguales, sin espacios delimitados en función de algo tan irrelevante a estos tiempos como es la pertenencia a un sexo determinado.
La lucha de las religiosas por alcanzar el sacerdocio es solo un reflejo de un fenómeno macro, actual y palpable. Es la lucha de todas las mujeres por alcanzar la igualdad total, eliminar cualquier tipo de discriminación, suprimir estereotipos que hoy no tienen el menor sentido. La mujer ha demostrado que no fue excéntrica cuando quiso hacer cosas exclusivas de los hombres sino valiente, capaz de lograr un estado de vida, educación y derechos iguales a los de un hombre.
En la actualidad las mujeres hemos logrado superar en cierta medida las inequidades de género de la que hemos sido víctimas desde los mismos inicios de la historia. A través de las banderas del feminismo la mujer pretende un mundo inclusivo, igualitario, sin estereotipos que no solo afectan a ellas sino también a los hombres, pues estos son forzados a adecuarse formalmente a conceptos milenarios y decadentes que los hacen suprimir emociones, necesidades y posibilidades, de lo cual podría citar innumerables ejemplos que son sencillos de ver en la vida cotidiana, pues se reproducen dentro de nuestros propios hogares, aún hoy en pleno siglo XXI. Cuantas veces no escuchamos frases como: los hombres no lloran; eso son cosas de niñas(os), etc. ¿Dónde esta, ahora mismo la línea divisoria entre lo que define a una mujer o a un hombre como integrante de la sociedad? ¿Porqué continuar reproduciendo patrones que en este momento carecen de cualquier sentido? La mujer moderna ha demostrado tener la capacidad para desarrollarse como ser social activo igual que el hombre, incluso más, pues a ella se le exige ser excepcional. Sin embargo mientras pensaba a qué dedicar específicamente este trabajo vino a mi mente una institución que mantuvo, mantiene y mantendrá diferencias entre ambos sexos: la Iglesia.
¿Por qué no puede una mujer ser sacerdote? No existe ninguna base bíblica que limite a los individuos el ejercicio del sacerdocio y por tanto la ordenación de las mujeres, así que estamos hablando de una tradición que revela la innegable influencia de los prejuicios desfavorables a las mujeres o de interpretaciones interesadas de quienes se han reservado el liderazgo. A continuación trataré de explicar los planteamientos anteriores.
Según investigaciones de Lavinia Byrne (miembro de la Orden de la Sagrada Virgen María y secretaria asociada de la Comunidad de Mujeres y Hombres de la Iglesia para el Consejo de Iglesias de la Gran Bretaña e Irlanda), el sistema actual se basa en dos premisas teológicas. Una de ellas se fundamenta en las Escrituras y señala que Jesús eligió a mujeres como discípulas y a hombres como apóstoles, estableciéndose desde entonces una división sexista. La otra se fundamenta en el ordenamiento simbólico de la realidad, es decir, Dios envió a su hijo al mundo y con ello establece una cadena de mando masculino que sigue hasta nuestros días.
Sin embargo la Iglesia se ha adecuado a los nuevos tiempos, a las condiciones concretas de la contemporaneidad en muchos aspectos, por ejemplo la misa pasó de latín a lengua vernácula, han reajustado su teoría de la creación teniendo en cuenta la incuestionable veracidad de la ciencia. Entonces, porqué no se pueden transformar también otras normas que llevarían a la mujer al liderazgo eclesiástico.
Si bien es cierto que son siglos de lo que podríamos llamar hegemonía masculina aceptada, ahora es lógico que las mujeres y también los hombres se den cuenta que un reparto de papeles basado en el sexo infantiliza la sexualidad femenina. Las religiosas actúales de la mayoría de las congregaciones, tienen, según me he informado, más responsabilidades que la figura del cura propiamente dicha, pues este se encarga del cuidado espiritual y ellas de los problemas concretos de una determinada comunidad: pobreza, enfermedad, abandono, marginalidad y además orientan espiritualmente, por lo que no es difícil darse cuenta que capacidad sobra y que la misma es reconocida.
Hace cuatro décadas atrás a las religiosas se les dio una idea sutil de igualdad. A partir del Concilio Vaticano II se les concedió mayor participación, que solo quedó en eso, más trabajo, más compromiso por parte de ellas. Hoy, cuarenta años después, cuando miles de feministas religiosas piden la total equidad dentro de la Iglesia, ellas siguen asumiendo, pero no conformándose con el papel que les han impuesto, sin atreverme a cuestionar su vocación.
Las monjas contemporáneas cubanas e imagino que las del resto del mundo se enfrentan a estereotipos propios del desconocimiento y la falta de fe de los tiempos actuales por parte de una sociedad que le cuesta entender lo que se distancia de su realidad objetiva, se les tilda de reprimidas, homosexuales. Además tienen que soportar no solo la violencia externa (refiriéndome a población laica y/o no católica) de la que son víctimas, sino también la discriminación dentro de su medio.
Las mujeres deseamos ser más valoradas, pues eso significa, entre otras cosas, tener poder: no ser discriminadas, no vivir en un mundo enteramente configurado por voluntades ajenas, cuyos intereses nos son extraños, y hasta hostiles. Vivir en un mundo en que todas y todos convivamos como iguales, sin espacios delimitados en función de algo tan irrelevante a estos tiempos como es la pertenencia a un sexo determinado.
La lucha de las religiosas por alcanzar el sacerdocio es solo un reflejo de un fenómeno macro, actual y palpable. Es la lucha de todas las mujeres por alcanzar la igualdad total, eliminar cualquier tipo de discriminación, suprimir estereotipos que hoy no tienen el menor sentido. La mujer ha demostrado que no fue excéntrica cuando quiso hacer cosas exclusivas de los hombres sino valiente, capaz de lograr un estado de vida, educación y derechos iguales a los de un hombre.
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