Por Julio César González Pagés.
El feminismo ha sido un término muy cuestionado, interpretándose en muchos casos como un símil del machismo. Esta comparación es errónea porque independiente de cualquier tendencia extremista en otras latitudes, en Cuba cumplió un papel revolucionario, permitiendo la obtención de importantes reivindicaciones en fechas muy tempranas, como la Ley de la Patria Potestad (1917), la Ley del Divorcio (1918) y del Sufragio Femenino (1934).
Sobre el feminismo cubano existe una amplia bibliografía que pudiera estudiarse con mayor profundidad. Personalidades de la cultura nacional como Vicentina Antuña, Mirta Aguirre, Camila Enríquez Ureña y Enrique José Varona aportaron ensayos de inestimable valor.
Las experiencias vividas en los espacios privados y públicos por las mujeres del siglo XIX en Cuba, pueden acercarnos a una apreciación más certera de cómo y cuándo fue que se tomaron las primeras ideas conocidas como “feminismo” por las mujeres y hombres del país. En esa época se fomentaba el paradigma de mujer-santa que desempeñaría los roles maternales, maritales y domésticos, bien alejados de todo lo que la separase de su condición estigmatizada de “bello sexo” o de “sexo débil”.
En la década del 70, las ideas de una educación especial para la mujer permitieron una asimilación mucho más rápida de las nociones feministas. Los colegios para señoritas -como se les denominaron- permitieron que pedagogas como Dora Galarraga y María Luisa Dolz ganaran en prestigio, sobre todo la Dolz, que incluyó la Segunda Enseñanza, requisito obligatorio para la entrada de mujeres cubanas a la Universidad.
El siglo XIX marcó el surgimiento de las primeras ideas feministas en Cuba, que se reflejaron sobre todo en la década del 90 en mujeres como Elvira Martínez, Angela Landa, Martina Piedra Po, Fany Galarraga, Aurelia Castillo y María Luisa Dolz, autora esta última del discurso femenino más polémico de la década, Feminismo injusticia de los códigos, el cual se reflejó en una veintena de publicaciones que incluyeron los rotativos de mayor difusión del país.
En el siglo XX otro acontecimiento trascendental para las mujeres sucedería el 21 de marzo de 1918, cuando un grupo de ellas se nucleó para conformar una de las organizaciones más importante del feminismo nacional: el Club Femenino de Cuba.
Este Club seria el encargado de promover el primer intento de federación de mujeres en Cuba en el año de 1921. La Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, convocaría el 11 de octubre de 1922 a la celebración del I Congreso Na¬cional de Mujeres que tendría la particularidad de ser el primero celebrado en Hispanoamérica.
En el acto inaugural, celebrado el domingo 1 de abril, a las nueve de la noche, en el Teatro Nacional, y ante una concurrencia que lo abarrotó, Pilar Morlón pronunció un discurso donde ella misma se sorprendía de que el Congreso fuera ideado y autofinanciado por las propias mujeres:
Una revolución, sí, efectivamente es revolución pacífica o evolución, no importa el nombre, pero algo nuevo, algo desconocido entre nosotros, donde hasta hoy la mujer tuvo sus actividades limitadas a un papel humildemente pasivo, algo cambiado inexorablemente en la marcha habitual de nuestras cosas (...) Es ésta nuestra Revolución.
Dos años después es celebrado el II Congreso Nacional de Mujeres, del 12 al 18 de abril en los mismos escenarios que el anterior.
A trece años de los dos primeros congresos la izquierda femenina ganaría auge, esta sería la nueva fuerza protagonista en el Tercer Congreso Nacional Femenino que se celebraría en La Habana entre los días 18 y 22 de abril de 1939.
Una de las grandes protagonistas de esta nueva etapa del feminismo en Cuba fue Vicentina Antuña, integrante de la mesa ejecutiva principal y del comité gestor de este Tercer Congreso.
En una de las proclamas Pro Congreso elaborada por Antuña, se expresaba que esta representaba una nueva era para la mujer cubana, que ya tenía el voto pero añoraba otras conquistas y afirmaba:
Ante ese panorama un grupo de mujeres, sin otro título que su dedicación entusiasta a la lucha por los derechos femeninos y su participación en la vida social de Cuba desde la fábrica, la profesión, la cátedra, o el aula, ha creído que precisaba organizar de inmediato una amplia reunión, un verdadero Congreso Nacional, en la que la representatividad de la mujer cubana en sus diverso sectores, clases y credos, armónicamente juntas en el afán de resolver las cuestiones que ha todas nos afectan.
Este Congreso, a diferencia de los dos anteriores, no permitió ataques políticos, religiosos o ideológicos entre sus delegadas, que tenían como lema "Por la Mujer, por el niño, por la paz y el progreso de Cuba”.
La coyuntura internacional matizada por la actividad disuasiva de la URSS con respecto al avance del fascismo, influyó de forma directa en la programación del evento. El ánimo antibélico podía ser leído en las convocatorias a las actividades: "Gran acto contra la guerra imperialista. Organizado por el Tercer Congreso Nacional Femenino. Allí todas las mujeres de este barrio alzaremos nuestras voces para decir que Cuba no participe en esta guerra.”
La expansión del programa del evento llevó a realizar actos durante todo el año de 1939 en los más disímiles barrios de La Habana: Las Yaguas, Arroyo Naranjo y Habana Vieja, y en algunas provincias como Ciego de Ávila y Santa Clara. Las actividades estaban dirigidas fundamentalmente a las mujeres de menos recursos, y la propaganda así lo expresaría al exhortarlas a la "igualdad de derechos para la mujer negra, por trabajo igual, salario igual. Por una Constituyente que garantice plenamente los derechos específicos de la mujer".
De las 2 000 delegadas presentes en el evento, alrededor del 20% eran negras, muchas de las cuales representaban a sectores obreros o familiares, marco que fue aprovechado por ellas para crear diferentes grupos según el gremio ocupacional, siendo uno de los más significativos el Comité de Mujeres Familiares de Obreros de Ómnibus Aliados
Dada su eminente simpatía por la causa de la izquierda, la prensa burguesa se ausentó del Congreso; sin embargo, esta acción no pudo impedir que los actos convocados, incluyendo la inauguración en el Teatro Nacional, alcanzaran una repercusión nacional.
En sus palabras antes el Congreso Vicentina Antuña afirmaba:
“La mujer que ha estado quemando su vida en desvelos constantes procurando nutrirse de la Cultura universal para después ponerla al servicio social del magisterio. La que ha sufrido tantas veces las pretericiones en todos lo ordenes de la actividad humana. Las que han tomado el camino político procurando encontrar, mediante el mismo la salvación de esa desigualdad. Esta mujer, cuyos problemas van a ser discutidos ahora con el respaldo de la inmensa mayoría y la fuerza de que ello podrá significar ante los organismos encargados de responder nuestros clamores, no podrán estar ausentes de este Congreso(…)
Ese mismo año, el 25 de julio, una de las organizadoras principales del evento, Camila Henríquez Ureña, disertaría con una conferencia donde demostraba el grado de madurez del feminismo de izquierda en Cuba. Henríquez Ureña, en una conferencia pronunciada en la Institución Hispano Cubana de Cultura, habló, sin ambages, de la situación de la población femenina en Cuba, exhortándola a desarrollar su autoestima:
Hay un campo, sin embargo, en que las mujeres tenemos que construir desde ahora: nuestro campo interior. Nuestras virtudes tradicionales han sido negativas: sumisión, obediencia, silencio, apartamiento, fragilidad. Las funciones de la nueva vida a que nos asomamos nos exigen cualidades positivas: independencia de criterio, firmeza, serenidad, espíritu de cooperación, sentimiento de comunidad humana. Esto es muy difícil (...) pero esa etapa terminó, y aunque lo lamenten los que lo temen, hemos de seguir adelante
Las conclusiones de esta reunión femenina exigieron una reforma a la Carta Magna de la República exhortándola a:
La derogación de todos los artículos del Código Civil que establezcan desigualdades entre el hombre y la mujer e impidan el ejercicio conjunto o separadamente de los derechos que emanan de la unión conyugal en relación con los hijos o entre sí. Llevar esas modificaciones a los códigos, leyes, decretos leyes o disposiciones de cualquier índole que afecten a la mujer en su personalidad jurídica.
Los debates del Tercer Congreso Nacional Femenino se extendieron a todo el año 1939 con el argumento de “la igualdad de ambos sexos”, lo que permitiría que este tema fuera priorizado en las sesiones de la Asamblea Constituyente. Esta reunión tuvo la particularidad de contar por primera vez, con la asistencia de tres mujeres
El primero de julio de 1940 entró en vigor una avanzada Constitución donde el movimiento feminista obtuvo importantes reivindicaciones. El reconocimiento de sus derechos en la Ley Fundamental de la República significó así una ruptura con respecto al androcentrismo expresado en la Constitución de 1901
La Constitución de 1940 no cambiaría en la práctica la situación de inferioridad de las mujeres, las cuales continuaron percibiendo salarios más bajos que los hombres. Esta nueva Constitución, no obstante, permitió que las mujeres cubanas dispusieran de una serie de reconocimientos, desconocidos en otras áreas de Latinoamérica. Terminaba así la época más gloriosa del feminismo cubano, la correspondiente a la lucha por el reconocimiento de sus derechos civiles, entre ellos, el del voto.
A partir de 1940, con la firma de la nueva Constitución, y con ella la ratificación del derecho al voto, este movimiento se atomiza, ganando en pluralidad, pero perdiendo la unidad en este objetivo común.
La incorporación de forma escalonada de diferentes sectores sociales y raciales representados por mujeres obreras y negras también fue un logro de un movimiento donde la pluralidad fue algo que lo caracterizo y que no le permitió unidad en objetivos comunes.
En palabras de la abogada feminista cubana Ofelia Domínguez Navarro era muy difícil conciliar los mismos intereses, en una Asociación, de la Marquesa de Tiedra y los de las Obreras despalilladora de tabaco, integrantes todas de la Alianza Nacional Feminista, en 1928, por solo citar un ejemplo.
De forma general el periodo que se enmarca entre las décadas del 20 y del 30 lo podemos señalar como el más importante dentro del movimiento feminista en Cuba. Esta etapa enmarcada dentro del feminismo liberal se vio caracterizada por la creación de 36 asociaciones feministas que nuclearon en este periodo a mas de 50 mil mujeres capaces de difundir estas ideas en todo el país, sobre todo partiendo de los Congresos Feministas realizados en este periodo en los años de 1923, 1925 y 1939.
La labor unitaria desarrollada por Vicentina Antuña en este periodo fue decisiva sobre todo por su entusiasmo no solo en el tema del feminismo y los derechos de las mujeres sino también por la Cultura de Paz.
Ella expreso en la Clausura del III Congreso de Mujeres en 1939:
Pero la paz no puede concebirse tan sólo en el orden internacional. Hay una paz nacional, interna, que también es necesario mantener a toda costa y que la mujer, como ningún otro factor, esta impelida a defender. Durante los últimos años Cuba, puede decirse ha vivido de manera provisional, siempre zozobrante y esperando que el equilibrio político pudiera quebrarse en uno u otro sentido. Como hemos dicho el Congreso no puede tener un matiz partidista ni esencialmente político. Pero creemos que no hay mujer honrada que pueda sostener sin sonrojo, que le es indiferente el porvenir de su país. En verdad sabemos las mujeres que el futuro de Cuba depende de nuestro propio futuro. Y que si esa mañana en vez de progreso y de paz es de guerra civil y de quebrantamiento de los ideales patrios, permanecerá la mujer sometida más que nunca al vasallaje y la desigualdad que ahora quiere superar. Por eso, nuestro Congreso tendrá que ser también –por proponerse la liberación de la mujer- una contribución al progreso y al desarrollo pacífico del pueblo cubano.
Su ferviente apoyo a los temas de la Paz en Cuba y el mundo la llevaron a conformar el secretariado del Congreso Nacional Por la Paz y La Democracia, en 1939, junto a conocidas figuras como Emilio Roig y Elías Entralgo. En un llamado a la unidad y adhesión al mismo, Vicentina proclamaba:
La persistente tensión internacional, los síntomas de la amenaza de una nueva guerra, han producido en los últimos tiempos la movilización activa de las fuerzas que en todos los países del mundo ansían el mantenimiento de la paz y propenden a que las contradicciones existentes entre las grandes potencias sean resueltas por la vía pacífica y no por medio de la contienda armada.
Expresiones de esa gran movilización mundial a favor de la paz han sido el Congreso de Escritores y Artistas celebrado recientemente en la ciudad de Nueva York, al que concurrieron figuras de las mas destacadas en las letras, artes y ciencias de los distintos Continentes, y el Congreso Mundial de Partidarios de la Paz que se ha efectuado en París, donde mas de tres mil delegados en representación de 600 millones de hombres y mujeres de todos los parajes de la tierra expresaron su firme voluntad de Paz.
Considerando que Cuba esta obligada a contribuir en la modesta medida de sus posibilidades a la tarea de asegurar la paz, un grupo de hombres y mujeres representativos de los más variados sectores nacionales, hemos tomado la iniciativa de llamar a la celebración de un Congreso Nacional por la Paz y la Democracia.
Los ideales por los que lucho y vivió Vicentina Antuña aun están vivos, por eso este año en su cien aniversario nos unimos a sus empeños por Federar y unir los ideales de mujeres y hombres con vocación revolucionaria, feminista y pacifista.
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lunes, 9 de febrero de 2009
sábado, 10 de enero de 2009
¿Cayó Eva o la empujaron?
por YAIMA GIL POUTOU cuarto año de Historia Universidad de La Habana
En la actualidad las mujeres hemos logrado superar en cierta medida las inequidades de género de la que hemos sido víctimas desde los mismos inicios de la historia. A través de las banderas del feminismo la mujer pretende un mundo inclusivo, igualitario, sin estereotipos que no solo afectan a ellas sino también a los hombres, pues estos son forzados a adecuarse formalmente a conceptos milenarios y decadentes que los hacen suprimir emociones, necesidades y posibilidades, de lo cual podría citar innumerables ejemplos que son sencillos de ver en la vida cotidiana, pues se reproducen dentro de nuestros propios hogares, aún hoy en pleno siglo XXI. Cuantas veces no escuchamos frases como: los hombres no lloran; eso son cosas de niñas(os), etc. ¿Dónde esta, ahora mismo la línea divisoria entre lo que define a una mujer o a un hombre como integrante de la sociedad? ¿Porqué continuar reproduciendo patrones que en este momento carecen de cualquier sentido? La mujer moderna ha demostrado tener la capacidad para desarrollarse como ser social activo igual que el hombre, incluso más, pues a ella se le exige ser excepcional. Sin embargo mientras pensaba a qué dedicar específicamente este trabajo vino a mi mente una institución que mantuvo, mantiene y mantendrá diferencias entre ambos sexos: la Iglesia.
¿Por qué no puede una mujer ser sacerdote? No existe ninguna base bíblica que limite a los individuos el ejercicio del sacerdocio y por tanto la ordenación de las mujeres, así que estamos hablando de una tradición que revela la innegable influencia de los prejuicios desfavorables a las mujeres o de interpretaciones interesadas de quienes se han reservado el liderazgo. A continuación trataré de explicar los planteamientos anteriores.
Según investigaciones de Lavinia Byrne (miembro de la Orden de la Sagrada Virgen María y secretaria asociada de la Comunidad de Mujeres y Hombres de la Iglesia para el Consejo de Iglesias de la Gran Bretaña e Irlanda), el sistema actual se basa en dos premisas teológicas. Una de ellas se fundamenta en las Escrituras y señala que Jesús eligió a mujeres como discípulas y a hombres como apóstoles, estableciéndose desde entonces una división sexista. La otra se fundamenta en el ordenamiento simbólico de la realidad, es decir, Dios envió a su hijo al mundo y con ello establece una cadena de mando masculino que sigue hasta nuestros días.
Sin embargo la Iglesia se ha adecuado a los nuevos tiempos, a las condiciones concretas de la contemporaneidad en muchos aspectos, por ejemplo la misa pasó de latín a lengua vernácula, han reajustado su teoría de la creación teniendo en cuenta la incuestionable veracidad de la ciencia. Entonces, porqué no se pueden transformar también otras normas que llevarían a la mujer al liderazgo eclesiástico.
Si bien es cierto que son siglos de lo que podríamos llamar hegemonía masculina aceptada, ahora es lógico que las mujeres y también los hombres se den cuenta que un reparto de papeles basado en el sexo infantiliza la sexualidad femenina. Las religiosas actúales de la mayoría de las congregaciones, tienen, según me he informado, más responsabilidades que la figura del cura propiamente dicha, pues este se encarga del cuidado espiritual y ellas de los problemas concretos de una determinada comunidad: pobreza, enfermedad, abandono, marginalidad y además orientan espiritualmente, por lo que no es difícil darse cuenta que capacidad sobra y que la misma es reconocida.
Hace cuatro décadas atrás a las religiosas se les dio una idea sutil de igualdad. A partir del Concilio Vaticano II se les concedió mayor participación, que solo quedó en eso, más trabajo, más compromiso por parte de ellas. Hoy, cuarenta años después, cuando miles de feministas religiosas piden la total equidad dentro de la Iglesia, ellas siguen asumiendo, pero no conformándose con el papel que les han impuesto, sin atreverme a cuestionar su vocación.
Las monjas contemporáneas cubanas e imagino que las del resto del mundo se enfrentan a estereotipos propios del desconocimiento y la falta de fe de los tiempos actuales por parte de una sociedad que le cuesta entender lo que se distancia de su realidad objetiva, se les tilda de reprimidas, homosexuales. Además tienen que soportar no solo la violencia externa (refiriéndome a población laica y/o no católica) de la que son víctimas, sino también la discriminación dentro de su medio.
Las mujeres deseamos ser más valoradas, pues eso significa, entre otras cosas, tener poder: no ser discriminadas, no vivir en un mundo enteramente configurado por voluntades ajenas, cuyos intereses nos son extraños, y hasta hostiles. Vivir en un mundo en que todas y todos convivamos como iguales, sin espacios delimitados en función de algo tan irrelevante a estos tiempos como es la pertenencia a un sexo determinado.
La lucha de las religiosas por alcanzar el sacerdocio es solo un reflejo de un fenómeno macro, actual y palpable. Es la lucha de todas las mujeres por alcanzar la igualdad total, eliminar cualquier tipo de discriminación, suprimir estereotipos que hoy no tienen el menor sentido. La mujer ha demostrado que no fue excéntrica cuando quiso hacer cosas exclusivas de los hombres sino valiente, capaz de lograr un estado de vida, educación y derechos iguales a los de un hombre.
En la actualidad las mujeres hemos logrado superar en cierta medida las inequidades de género de la que hemos sido víctimas desde los mismos inicios de la historia. A través de las banderas del feminismo la mujer pretende un mundo inclusivo, igualitario, sin estereotipos que no solo afectan a ellas sino también a los hombres, pues estos son forzados a adecuarse formalmente a conceptos milenarios y decadentes que los hacen suprimir emociones, necesidades y posibilidades, de lo cual podría citar innumerables ejemplos que son sencillos de ver en la vida cotidiana, pues se reproducen dentro de nuestros propios hogares, aún hoy en pleno siglo XXI. Cuantas veces no escuchamos frases como: los hombres no lloran; eso son cosas de niñas(os), etc. ¿Dónde esta, ahora mismo la línea divisoria entre lo que define a una mujer o a un hombre como integrante de la sociedad? ¿Porqué continuar reproduciendo patrones que en este momento carecen de cualquier sentido? La mujer moderna ha demostrado tener la capacidad para desarrollarse como ser social activo igual que el hombre, incluso más, pues a ella se le exige ser excepcional. Sin embargo mientras pensaba a qué dedicar específicamente este trabajo vino a mi mente una institución que mantuvo, mantiene y mantendrá diferencias entre ambos sexos: la Iglesia.
¿Por qué no puede una mujer ser sacerdote? No existe ninguna base bíblica que limite a los individuos el ejercicio del sacerdocio y por tanto la ordenación de las mujeres, así que estamos hablando de una tradición que revela la innegable influencia de los prejuicios desfavorables a las mujeres o de interpretaciones interesadas de quienes se han reservado el liderazgo. A continuación trataré de explicar los planteamientos anteriores.
Según investigaciones de Lavinia Byrne (miembro de la Orden de la Sagrada Virgen María y secretaria asociada de la Comunidad de Mujeres y Hombres de la Iglesia para el Consejo de Iglesias de la Gran Bretaña e Irlanda), el sistema actual se basa en dos premisas teológicas. Una de ellas se fundamenta en las Escrituras y señala que Jesús eligió a mujeres como discípulas y a hombres como apóstoles, estableciéndose desde entonces una división sexista. La otra se fundamenta en el ordenamiento simbólico de la realidad, es decir, Dios envió a su hijo al mundo y con ello establece una cadena de mando masculino que sigue hasta nuestros días.
Sin embargo la Iglesia se ha adecuado a los nuevos tiempos, a las condiciones concretas de la contemporaneidad en muchos aspectos, por ejemplo la misa pasó de latín a lengua vernácula, han reajustado su teoría de la creación teniendo en cuenta la incuestionable veracidad de la ciencia. Entonces, porqué no se pueden transformar también otras normas que llevarían a la mujer al liderazgo eclesiástico.
Si bien es cierto que son siglos de lo que podríamos llamar hegemonía masculina aceptada, ahora es lógico que las mujeres y también los hombres se den cuenta que un reparto de papeles basado en el sexo infantiliza la sexualidad femenina. Las religiosas actúales de la mayoría de las congregaciones, tienen, según me he informado, más responsabilidades que la figura del cura propiamente dicha, pues este se encarga del cuidado espiritual y ellas de los problemas concretos de una determinada comunidad: pobreza, enfermedad, abandono, marginalidad y además orientan espiritualmente, por lo que no es difícil darse cuenta que capacidad sobra y que la misma es reconocida.
Hace cuatro décadas atrás a las religiosas se les dio una idea sutil de igualdad. A partir del Concilio Vaticano II se les concedió mayor participación, que solo quedó en eso, más trabajo, más compromiso por parte de ellas. Hoy, cuarenta años después, cuando miles de feministas religiosas piden la total equidad dentro de la Iglesia, ellas siguen asumiendo, pero no conformándose con el papel que les han impuesto, sin atreverme a cuestionar su vocación.
Las monjas contemporáneas cubanas e imagino que las del resto del mundo se enfrentan a estereotipos propios del desconocimiento y la falta de fe de los tiempos actuales por parte de una sociedad que le cuesta entender lo que se distancia de su realidad objetiva, se les tilda de reprimidas, homosexuales. Además tienen que soportar no solo la violencia externa (refiriéndome a población laica y/o no católica) de la que son víctimas, sino también la discriminación dentro de su medio.
Las mujeres deseamos ser más valoradas, pues eso significa, entre otras cosas, tener poder: no ser discriminadas, no vivir en un mundo enteramente configurado por voluntades ajenas, cuyos intereses nos son extraños, y hasta hostiles. Vivir en un mundo en que todas y todos convivamos como iguales, sin espacios delimitados en función de algo tan irrelevante a estos tiempos como es la pertenencia a un sexo determinado.
La lucha de las religiosas por alcanzar el sacerdocio es solo un reflejo de un fenómeno macro, actual y palpable. Es la lucha de todas las mujeres por alcanzar la igualdad total, eliminar cualquier tipo de discriminación, suprimir estereotipos que hoy no tienen el menor sentido. La mujer ha demostrado que no fue excéntrica cuando quiso hacer cosas exclusivas de los hombres sino valiente, capaz de lograr un estado de vida, educación y derechos iguales a los de un hombre.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Macho tropical o machos en “La Tropical”.Estereotipos masculinos que van más allá de la apariencia.
Por Maikel Colón Pichardo
En La Habana, Cuba, quien no conoce El Salón Rosado de La Tropical “Benny Moore”, que cubano, y porque no, de otros lugares del mundo, no ha movido sus caderas en esta plaza bailable la cual ha acogido a varias de las orquestas y músicos prestigiosos de la escena musical cubana de todos los tiempos, que a golpe de tambores, trompetas, de coros, en fin, de la buena música popular bailable, han hecho eco en varias generaciones de cubanos.
En los tiempos que corren, en donde se han impuesto otros estilos y gustos musicales, también “La Tropical”, como la conocemos todos, ha servido de escenario a disímiles manifestaciones. Peñas de rock, música electrónica y la llamada música fusión, también han tenido su espacio, y por supuesto que no podemos olvidar, a uno de los ritmos que ha contagiado a una gran parte del público “farandulero” de estos tiempos, el reggueton.
Pudiéramos pensar que todas estas manifestaciones a las que hemos hecho referencia son diferentes, y por supuesto, que estamos en lo cierto. De todas formas, lo que si hay que tener bien claro, es que en esta plaza bailable, sea timba, reggueton, sea rock, sea música electrónica, los hombres reproducen todos los patrones a los que están acostumbrados, por que hay que ser hombres y nada más. Sin embargo, muchas veces asumimos que en un espacio u otro se reproduce un estereotipo de hombre determinado. A los ojos de la sociedad, unos de un tipo, otros quien sabe, y así son tantas las fabulaciones y nos olvidamos, que efectivamente, como sugeríamos en el titulo, las apariencias engañan.
Sería bueno entonces adentrarnos un poco más a fondo en esta problemática y establecer una serie de juicios y criterios que al fin y al cabo nos hagan reflexionar para poder al final, como dijera uno de nuestros presentadores de televisión, sacar nuestras propias conclusiones.
Juntos pero no revueltos.
Esta es una frase que se acuña mucho dentro de los seguidores de la música popular, la timba, o el reggueton. Aquí, en “La Tropical”, se respira un aire de hombría extrema. Entre tragos, que se beben a pico de botella, los coros de las canciones que sugieren una conquista eterna y que validan los espacios masculinos: “donde están las mami que vengan a buscar su papi”, las broncas tumultuarias en las que se pretende mostrar la hegemonía. Son estas algunas de las dinámicas que mueven a los hombres, como los etiqueta la sociedad, a “los reparteros”, dentro de esta plaza bailable, casi un santuario, en donde pugnan por sentirse más hombres.
Los buenos bailadores, los que tienen más dinero, los que muestran sus cadenas, sus atuendos de oro. Alcohol, dinero, mujeres, violencia. Esto es lo que se vive en algunos de los grandes conciertos que nos brinda nuestro Salón Rosado de La Tropical “Benny Moore”. Un espacio en donde muchos hombres van a probarse, a demostrarse a sí mismos cuan hombres pueden ser, cuanto alcohol pueden beber, cuantas mujeres pueden conquistar, cuantas broncas pueden tener, cuanta violencia pueden generar.
En realidad son muchos los estereotipos masculinos que allí se promueven. Muchos de ellos estimulados por la construcción de ese modelo hegemónico dentro del que están presos. Muchos en este sentido son los calificativos al respecto. Hoy día, una invitación a un lugar como este supone cierto recelo. Hay quienes piensan en el populacho, quienes por desgracia, asocian este fenómeno a la marginalidad. No es interés nuestro abordar un fenómeno como tal, pero es bueno tener claro que aquí simplemente están convocados hombres y mujeres, de todos los estratos, de todos lo barrios y de todos los colores.
Creo que aquí, si estamos en presencia de un buen ajiaco, con todos lo ingredientes habidos y por haber, solo que en un intento de, una vez más, marcar el territorio masculino, porque aún cuando muchas mujeres hacen justa presencia en este lugar, reproducen muchos de los códigos masculinos que allí se promueven, y por desgracia son capaces de validarlos, pues, justamente, se interesan por los más bravos, los que de verdad demuestren cuan hombres pueden llegar a ser.
Esa es una de las razones por las que ahí mandan los hombres, fiel reflejo de la famosa canción “en mi casa la que manda es mi mujer”, porque fuera, dígase en este caso, “La Tropical”, aquí se manifiestan dueños del espacio, los grandes conquistadores, los que controlan y delimitan en la pista de baile, los proveedores de alcohol, de drogas, de cigarros, los que incitan al sexo. Los que en una verdadera demostración de hombría gritan a la par de los coros que imponen las orquestas.
En reiteradas ocasiones escuchamos: “quienes son los que mandan las mujeres o los hombres”. Las mujeres con grito angelical, alegan, las mujeres, los hombres con un chiflido, en una postura propia de machos, replican, los hombres. Y así se hacen sentir, dueños de la situación y con un apoyo importante de los músicos, quienes tampoco escapan a esta realidad, quienes también se muestran como machos hegemónicos, poniendo sus melodías y sus incesantes frases a sus pies, en beneficio propio.
Recordaba cómo uno de los cantantes de la popular orquesta Charanga Habanera, cuyo director David Calzado, estaba en el centro de la construcción de esa hombría, parafraseaba en una de las populares canciones de la orquesta, refiriéndose a las mujeres: “búscate un “temba” como Calzado, que tiene carro, que tiene hierba, que tiene juaniquiqui (dinero), y hasta una bicicleta”. Imagínense. Esto es lo que allí se promueve, se socializa, para la validación de estereotipos masculinos.
Harinas de otro costal.
Como ya habíamos comentado al inicio, en esta plaza, también se muestran en escena otras manifestaciones, como el rock y la música electrónica, entre otras. Sabemos que aquí prevalecen las ropas oscuras, de las que hacen gala los rockeros, el pelo largo, sugeriríamos, atrevidamente, otro tipo de masculinidades.
Por otro lado, la música electrónica atrae a los llamados “Emos”, o a los denominados metrosexuales . Aquí existen otras estéticas, o bien otros códigos. Ahora, las conductas de estos otros hombres no difieren mucho. Los hombres aquí también marcan su territorio, se muestran como “supermachos” ante las mujeres, beben alcohol para demostrar también cuán hombres pueden ser. Llevar las riendas en ellos no es tan diferente como muchos quieren hacernos ver.
Entre ellos también existe una lucha constante por demostrar quien es más hombre, quien lleva la voz cantante. Realmente no existe diferencia alguna. El escuchar rock o música electrónica no los aleja de un modelo de masculinidad que se proyecta entre los hombres en Cuba.
Muchas veces sucede que la música que escuchan lleva implícita en sus mensajes otras dinámicas, lo cual no significa que les sean ajena en el sentido de demostrar la hombría: conquistadores de mujeres, generadores de violencia, combinando su estética rockera, sus actitudes de “emo”, metrosexuales, con la reproducción de estereotipos masculinos de típicos hombres cubanos, los cuales deben prevalecer bajo cualquier circunstancia, porque como ya apuntábamos, hay que tener bien claro que hay que ser
hombre, y donde sino, que en la plaza bailable por excelencia del público habanero “La Tropical”.
Ni juntos ni revueltos, ni harina de otro costal.
Estamos ante dos públicos diferentes. Unos alegan que esos rockeros, esos “peluos” (pelo largo), para nada representan ninguna hombría, que sus atuendos, sus “pintas” (modas), difieren mucho de lo que realmente se necesita para ser hombre en Cuba. Incluso se pone en duda su heterosexualidad, pero mejor no entremos en el campo de la sexualidad, aunque sea necesaria mencionarla. Este y muchos otros calificativos hacen gala en las referencias a “esos otros”.
En algún sentido existen muchos factores que influyen en tales posiciones. Nuestra cultura ha impuesto siempre este tipo de criterios sobre “ese otro”. Muchos de los grandes pensadores cubanos de periodos fundacionales, también dejaron sus huellas, sus criterios al respecto. Algunos como el presbítero José Agustín Caballero para el Papel Periódico de La Habana en su “Carta crítica del hombre mujer”, escribió algunas palabras que a decir del investigador Julio César González Pagés, se manifestó como uno de nuestros primeros pensadores que construyeron la masculinidad de una nación sobre la base de exclusiones de aquellos que no cumplan con algunos requisitos.
Estos denominados “reparteros” por su parte, también están en la mira de las críticas de “esos otros”. A muchos los ven como incivilizados, que están parados en el tiempo, que en todo momento generan violencia y no disfrutan de la música. Que están descontinuados porque quieren resolver sus problemas a golpes, a navajazos. Pensar esto es la manera más práctica que han encontrado para auto defenderse de aquellos que atacan su hombría, su masculinidad.
Estos dos discursos, parecen a la vista de todos, diametralmente opuestos, pero como exponíamos al principio, es solo una insinuación para demostrar dónde está la hegemonía. Ahora, no nos engañemos. Ambos son reproductores de estereotipos masculinos que se validan a través de la práctica diaria, donde unos en su espacio, otros en el de ellos, hacen gala de tales comportamientos masculinos. Esa hombría extrema, donde la violencia, fundamentalmente, da en demostrar hasta donde son capaces de llegar, pues sencillamente la ejercen sobre las mujeres, sobre otros hombres y sobre ellos mismos , pero irónicamente confluyen en un mismo lugar, un lugar que al parecer fue construido para este fin, para que los hombres “timberos”, “reparteros”, “regguetoneros”, “rockeros”, “emos”,
“metrosexuales”, validen su hombría, su masculinidad.
Este es un fenómeno que ponemos a conocimiento de todos ustedes, con muchas intenciones, quizás. Ahora, estoy seguro, que al igual que en “La Tropical”, otras de las tantas plazas bailables de Cuba, y de otros contextos latinoamericanos, no escapan a esta realidad, y realmente sería buena una mirada desde otros países a un fenómeno como tal. Pero más allá de cualquier intento de mi parte de poner en mis palabras, en mis reflexiones, una problemática que pudiera llamar la atención, los invito a El Salón Rosado de La Tropical “Benny More”, plaza bailable de Cuba, del mundo, de La Habana, la que bien dicen en llamar “la capital de todos los cubanos” y al parecer no así de las cubanas.
citas y notas
1- La socióloga Mayra Espina del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), ha hecho grandes aportes sobre esta problemática. Ver Mayra Espina Prieto. “Comentarios sobre el concepto de marginalidad en la sociología”. En Catauro, Revista Cubana de Antropología, Año.7, No.13, La Habana, enero-junio de 2006, pp.25-30.
2- El antropólogo australiano Robert W. Connell, uno de los grandes estudiosos de la masculinidad, ha insistido en demostrar la existencia de una multiplicidad de masculinidades. Ver Robert W. Connell. “La organización social de la masculinidad”. En Teresa Valdez y José Olavarria. Masculinidad/es. Poder y crisis. Santiago de Chile, Isis Internacional/FLACSO, 1997, pp.31-49.
3- Sobre estas temáticas Ver Yonnier Angulo Rodríguez. “Jóvenes emos: una masculinidad polémica”; “Metrosexualidad: supremacía o sumisión”. En www.redmasculinidades.com
4- Ver Julio César González Pagés. “Feminismo y masculinidad: ¿mujeres contra hombres? En Temas, No.37-38, La Habana, abril-septiembre de 2004, p.10
En La Habana, Cuba, quien no conoce El Salón Rosado de La Tropical “Benny Moore”, que cubano, y porque no, de otros lugares del mundo, no ha movido sus caderas en esta plaza bailable la cual ha acogido a varias de las orquestas y músicos prestigiosos de la escena musical cubana de todos los tiempos, que a golpe de tambores, trompetas, de coros, en fin, de la buena música popular bailable, han hecho eco en varias generaciones de cubanos.
En los tiempos que corren, en donde se han impuesto otros estilos y gustos musicales, también “La Tropical”, como la conocemos todos, ha servido de escenario a disímiles manifestaciones. Peñas de rock, música electrónica y la llamada música fusión, también han tenido su espacio, y por supuesto que no podemos olvidar, a uno de los ritmos que ha contagiado a una gran parte del público “farandulero” de estos tiempos, el reggueton.
Pudiéramos pensar que todas estas manifestaciones a las que hemos hecho referencia son diferentes, y por supuesto, que estamos en lo cierto. De todas formas, lo que si hay que tener bien claro, es que en esta plaza bailable, sea timba, reggueton, sea rock, sea música electrónica, los hombres reproducen todos los patrones a los que están acostumbrados, por que hay que ser hombres y nada más. Sin embargo, muchas veces asumimos que en un espacio u otro se reproduce un estereotipo de hombre determinado. A los ojos de la sociedad, unos de un tipo, otros quien sabe, y así son tantas las fabulaciones y nos olvidamos, que efectivamente, como sugeríamos en el titulo, las apariencias engañan.
Sería bueno entonces adentrarnos un poco más a fondo en esta problemática y establecer una serie de juicios y criterios que al fin y al cabo nos hagan reflexionar para poder al final, como dijera uno de nuestros presentadores de televisión, sacar nuestras propias conclusiones.
Juntos pero no revueltos.
Esta es una frase que se acuña mucho dentro de los seguidores de la música popular, la timba, o el reggueton. Aquí, en “La Tropical”, se respira un aire de hombría extrema. Entre tragos, que se beben a pico de botella, los coros de las canciones que sugieren una conquista eterna y que validan los espacios masculinos: “donde están las mami que vengan a buscar su papi”, las broncas tumultuarias en las que se pretende mostrar la hegemonía. Son estas algunas de las dinámicas que mueven a los hombres, como los etiqueta la sociedad, a “los reparteros”, dentro de esta plaza bailable, casi un santuario, en donde pugnan por sentirse más hombres.
Los buenos bailadores, los que tienen más dinero, los que muestran sus cadenas, sus atuendos de oro. Alcohol, dinero, mujeres, violencia. Esto es lo que se vive en algunos de los grandes conciertos que nos brinda nuestro Salón Rosado de La Tropical “Benny Moore”. Un espacio en donde muchos hombres van a probarse, a demostrarse a sí mismos cuan hombres pueden ser, cuanto alcohol pueden beber, cuantas mujeres pueden conquistar, cuantas broncas pueden tener, cuanta violencia pueden generar.
En realidad son muchos los estereotipos masculinos que allí se promueven. Muchos de ellos estimulados por la construcción de ese modelo hegemónico dentro del que están presos. Muchos en este sentido son los calificativos al respecto. Hoy día, una invitación a un lugar como este supone cierto recelo. Hay quienes piensan en el populacho, quienes por desgracia, asocian este fenómeno a la marginalidad. No es interés nuestro abordar un fenómeno como tal, pero es bueno tener claro que aquí simplemente están convocados hombres y mujeres, de todos los estratos, de todos lo barrios y de todos los colores.
Creo que aquí, si estamos en presencia de un buen ajiaco, con todos lo ingredientes habidos y por haber, solo que en un intento de, una vez más, marcar el territorio masculino, porque aún cuando muchas mujeres hacen justa presencia en este lugar, reproducen muchos de los códigos masculinos que allí se promueven, y por desgracia son capaces de validarlos, pues, justamente, se interesan por los más bravos, los que de verdad demuestren cuan hombres pueden llegar a ser.
Esa es una de las razones por las que ahí mandan los hombres, fiel reflejo de la famosa canción “en mi casa la que manda es mi mujer”, porque fuera, dígase en este caso, “La Tropical”, aquí se manifiestan dueños del espacio, los grandes conquistadores, los que controlan y delimitan en la pista de baile, los proveedores de alcohol, de drogas, de cigarros, los que incitan al sexo. Los que en una verdadera demostración de hombría gritan a la par de los coros que imponen las orquestas.
En reiteradas ocasiones escuchamos: “quienes son los que mandan las mujeres o los hombres”. Las mujeres con grito angelical, alegan, las mujeres, los hombres con un chiflido, en una postura propia de machos, replican, los hombres. Y así se hacen sentir, dueños de la situación y con un apoyo importante de los músicos, quienes tampoco escapan a esta realidad, quienes también se muestran como machos hegemónicos, poniendo sus melodías y sus incesantes frases a sus pies, en beneficio propio.
Recordaba cómo uno de los cantantes de la popular orquesta Charanga Habanera, cuyo director David Calzado, estaba en el centro de la construcción de esa hombría, parafraseaba en una de las populares canciones de la orquesta, refiriéndose a las mujeres: “búscate un “temba” como Calzado, que tiene carro, que tiene hierba, que tiene juaniquiqui (dinero), y hasta una bicicleta”. Imagínense. Esto es lo que allí se promueve, se socializa, para la validación de estereotipos masculinos.
Harinas de otro costal.
Como ya habíamos comentado al inicio, en esta plaza, también se muestran en escena otras manifestaciones, como el rock y la música electrónica, entre otras. Sabemos que aquí prevalecen las ropas oscuras, de las que hacen gala los rockeros, el pelo largo, sugeriríamos, atrevidamente, otro tipo de masculinidades.
Por otro lado, la música electrónica atrae a los llamados “Emos”, o a los denominados metrosexuales . Aquí existen otras estéticas, o bien otros códigos. Ahora, las conductas de estos otros hombres no difieren mucho. Los hombres aquí también marcan su territorio, se muestran como “supermachos” ante las mujeres, beben alcohol para demostrar también cuán hombres pueden ser. Llevar las riendas en ellos no es tan diferente como muchos quieren hacernos ver.
Entre ellos también existe una lucha constante por demostrar quien es más hombre, quien lleva la voz cantante. Realmente no existe diferencia alguna. El escuchar rock o música electrónica no los aleja de un modelo de masculinidad que se proyecta entre los hombres en Cuba.
Muchas veces sucede que la música que escuchan lleva implícita en sus mensajes otras dinámicas, lo cual no significa que les sean ajena en el sentido de demostrar la hombría: conquistadores de mujeres, generadores de violencia, combinando su estética rockera, sus actitudes de “emo”, metrosexuales, con la reproducción de estereotipos masculinos de típicos hombres cubanos, los cuales deben prevalecer bajo cualquier circunstancia, porque como ya apuntábamos, hay que tener bien claro que hay que ser
hombre, y donde sino, que en la plaza bailable por excelencia del público habanero “La Tropical”.
Ni juntos ni revueltos, ni harina de otro costal.
Estamos ante dos públicos diferentes. Unos alegan que esos rockeros, esos “peluos” (pelo largo), para nada representan ninguna hombría, que sus atuendos, sus “pintas” (modas), difieren mucho de lo que realmente se necesita para ser hombre en Cuba. Incluso se pone en duda su heterosexualidad, pero mejor no entremos en el campo de la sexualidad, aunque sea necesaria mencionarla. Este y muchos otros calificativos hacen gala en las referencias a “esos otros”.
En algún sentido existen muchos factores que influyen en tales posiciones. Nuestra cultura ha impuesto siempre este tipo de criterios sobre “ese otro”. Muchos de los grandes pensadores cubanos de periodos fundacionales, también dejaron sus huellas, sus criterios al respecto. Algunos como el presbítero José Agustín Caballero para el Papel Periódico de La Habana en su “Carta crítica del hombre mujer”, escribió algunas palabras que a decir del investigador Julio César González Pagés, se manifestó como uno de nuestros primeros pensadores que construyeron la masculinidad de una nación sobre la base de exclusiones de aquellos que no cumplan con algunos requisitos.
Estos denominados “reparteros” por su parte, también están en la mira de las críticas de “esos otros”. A muchos los ven como incivilizados, que están parados en el tiempo, que en todo momento generan violencia y no disfrutan de la música. Que están descontinuados porque quieren resolver sus problemas a golpes, a navajazos. Pensar esto es la manera más práctica que han encontrado para auto defenderse de aquellos que atacan su hombría, su masculinidad.
Estos dos discursos, parecen a la vista de todos, diametralmente opuestos, pero como exponíamos al principio, es solo una insinuación para demostrar dónde está la hegemonía. Ahora, no nos engañemos. Ambos son reproductores de estereotipos masculinos que se validan a través de la práctica diaria, donde unos en su espacio, otros en el de ellos, hacen gala de tales comportamientos masculinos. Esa hombría extrema, donde la violencia, fundamentalmente, da en demostrar hasta donde son capaces de llegar, pues sencillamente la ejercen sobre las mujeres, sobre otros hombres y sobre ellos mismos , pero irónicamente confluyen en un mismo lugar, un lugar que al parecer fue construido para este fin, para que los hombres “timberos”, “reparteros”, “regguetoneros”, “rockeros”, “emos”,
“metrosexuales”, validen su hombría, su masculinidad.
Este es un fenómeno que ponemos a conocimiento de todos ustedes, con muchas intenciones, quizás. Ahora, estoy seguro, que al igual que en “La Tropical”, otras de las tantas plazas bailables de Cuba, y de otros contextos latinoamericanos, no escapan a esta realidad, y realmente sería buena una mirada desde otros países a un fenómeno como tal. Pero más allá de cualquier intento de mi parte de poner en mis palabras, en mis reflexiones, una problemática que pudiera llamar la atención, los invito a El Salón Rosado de La Tropical “Benny More”, plaza bailable de Cuba, del mundo, de La Habana, la que bien dicen en llamar “la capital de todos los cubanos” y al parecer no así de las cubanas.
citas y notas
1- La socióloga Mayra Espina del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), ha hecho grandes aportes sobre esta problemática. Ver Mayra Espina Prieto. “Comentarios sobre el concepto de marginalidad en la sociología”. En Catauro, Revista Cubana de Antropología, Año.7, No.13, La Habana, enero-junio de 2006, pp.25-30.
2- El antropólogo australiano Robert W. Connell, uno de los grandes estudiosos de la masculinidad, ha insistido en demostrar la existencia de una multiplicidad de masculinidades. Ver Robert W. Connell. “La organización social de la masculinidad”. En Teresa Valdez y José Olavarria. Masculinidad/es. Poder y crisis. Santiago de Chile, Isis Internacional/FLACSO, 1997, pp.31-49.
3- Sobre estas temáticas Ver Yonnier Angulo Rodríguez. “Jóvenes emos: una masculinidad polémica”; “Metrosexualidad: supremacía o sumisión”. En www.redmasculinidades.com
4- Ver Julio César González Pagés. “Feminismo y masculinidad: ¿mujeres contra hombres? En Temas, No.37-38, La Habana, abril-septiembre de 2004, p.10
miércoles, 12 de noviembre de 2008
La Religión Abakuá y su papel en la discriminación de género. Un análisis critico desde la Sociología.
Por Carlos Tomás Martínez Romero.
El tema de la religión a través de la historia ha sido objeto de debate no solo por los especialitas que laboran en esta temática, sino también de aquellos que sin abordar este aspecto desde una perspectiva científica, han contribuido a enriquecer el conocimiento popular religioso de la sociedad cubana en general.
La religión es el resultado del condicionamiento social imperante en todo tipo de sociedad, que tiene que ver con los modelos económicos, políticos y sociales de cada sociedad en específico; donde la fe, elemento medular, alcanza un valor determinante en la percepción de los creyentes, de ahí que un cierto grado de fe, también conlleva a un cierto grado de creencia en una practica religiosa concreta.
En Cuba existen diferentes religiones como es el caso de la religión católica, y las de carácter protestante en oposición a la fe católica, como son los casos de las iglesias adventistas del séptimo día, pentecostales, episcopales, entre otras. También se encuentran las religiones de sustrato africano como: el palo monte, el espiritismo en todas sus variantes, la santería y la religión abakuá en la cual se centrará el presente análisis.
En todas estas manifestaciones religiosas de alguna u otra forma la mujer ha sido participe de su funcionamiento, con excepción de la religión abakuá, de ahí mi interés en realizar una mirada crítica del fenómeno desde la perspectiva sociológica de género.
Esta religión, que se contempló como sociedad secreta de socorro y ayuda mutua entre hombres __ debo aclarar que en el imaginario popular del cubano en la actualidad se asume como un tipo especifico de religión__. Sus orígenes datan del periodo de la trata por los Ríos del Aceite (Oil River), que comprenden buena parte del vastísimo delta del Níger y las zonas extendidas hacia el sur de éste, hasta las proximidades de la bahía Ambas, ya en el Camerún, se encuentran los primeros los embarcaderos, de donde partieron rumbo a América los carabalíes. Esos embarcaderos fueron Brass, Okrika y Bonny, en el delta del Niger, Owome o Nuevo Calabar y, cerca de la desembocadura de los ríos de la Cruz y Calabar, los poblados ribereños de Ikot Itunko o Ikoritungko y Atakpa, propiamente los del Viejo Calabar denominados por los ingleses, respectivamente, Creek Town y Duke Town.
El Viejo Calabar, ubicado en la provincia nigeriana, fue uno de los principales centros de recepción y embarque de carabalíes, de allí salieron los esclavos de las tres grandes tribus conocidas como: ibo, ibibio y ekoi, y de donde se le atribuye la procedencia a lo que se conoce como el nañiguismo.
Los carabalíes llegaron a constituir uno de los más numerosos, significativos y complejos grupos de africanos que sirvieron a los esclavistas de la colonia de Cuba.
El tráfico de esclavos mezcló a miembros de diferentes etnias africanas, debido a que la servidumbre colonial cubana hizo compleja esta composición, al confundir en los barracones de los ingenios y cafetales a los carabalíes que convivieron con los igualmente complejos lucumíes y bantús, los tres grupos de esclavos mas importantes de Cuba.
En 1836, en el poblado de Regla, frente a la bahía habanera, se creó la primera tierra, potencia, partido, nación o juego ñañigo abakuá que al parecer, fue posible por haber contado con el amparo de un cabildo negro carabali: Appapa efik. Estos cabildos negros fueron autorizados por el gobierno español y debían servir, al registrarse oficialmente como centros de asistencia mutua para integrantes de una misma nación africana y, al igual que los carabalíes, los hubo lucumíes de otras procedencias étnicas de africanos esclavizados.
Los nombres de estos cabildos junto con los del recuerdo sagrado ñañigo, son fuentes para identificar orígenes. Entre los primeros se cuentan, además de Appapa Efik, Carabali Abalo, Carabali Insuamo-Isieque, Carabali Ibó, Carabali Ingré, Carabali Efik… y entre las tierras del ñañiguismo: Efik Buton, la iniciadora, Erón Nta, Oru Bibñi, Eforia Nkomo, Abakuá Efor, Efí Abakuá, Usagaré Mutanga… Los nombres de los cabildos presentan un espacio geográfico mucho más amplio que el de las tierras, donde aparecen, insistentemente, efor y efik, la madre y el padre de abakuá según el linaje tradicional ñañigo.
Con el devenir histórico, resultado de los cambios y transformaciones económicas, políticas y sociales, las sociedades ñañigas que en sus inicios estaban constituidas por esclavos de nación, fueron incrementando en sus filas practicantes de diferentes capas sociales, dígase: negros criollos, mulatos y finalmente luego de violentas pugnas, los blancos.
Durante segunda mitad del siglo XIX, ser ñañigo no significaba ser carabali, como tampoco significaba que se fuese negro, pero si se aceptaba el complejo de creencias y se cumplimentaba el ritual que fundamentaba su existencia.
La variedad de calificativos con que los ñañigos generalizaron sus sociedades constituyeron una forma peculiar de coexistencia, identificación y reafirmación para legitimarse como sociedad secreta. En este sentido ellos realizaron desde su concepción del mundo una conceptualización de los diferentes elementos que componían su sistema de creencias. Entre los que se encuentran:
Tierra: El termino como en África, delimita el territorio de acción efectiva de una u otra sociedad; pero, en su más profundo sentido, la tierra es, la africana, donde se ubican los espíritus venerados de los antepasados que asisten a la ceremonia del rito ñañigo.
Potencia: por la fortaleza interna, mágica, de todo lo concerniente a abakuá, la solidaridad de su membresía y el cumplimiento obligatorio de sus leyes, que comienza por el hermetismo protector. La potencia, es el conjunto de objetos sacros y de hombres probados como creyentes valientes y viriles. Sólo lo que sea potente, macho, puede tener acceso a sus secretos.
Juego: por la dramática puesta en escena de lo que se califica, quizás con menos propiedad, representación: la interpretación oscura, multiforme y multicolor de los ritos prescritos con la presencia de los diablitos, toques de tambor, utilería y atuendos.
Los ingleses lo denominan play, con un exacto significado al del juego español, posible reminiscencia de los juegos medievales, aplicados a abakuá en tiempos de colonia.
Nación: por su singularidad originaria, integrada por negros de nación, por carabalíes, por no-cubanos, por esclavos que encontraban una autoreafirmación personal frente a la generalizada hostilidad que les rodea, con su propia jerga, leyes, cultura y hasta tierras.
Partido: también con sentido separatista. Como hubo partidos pro españoles, anexionistas e independentistas en la colonia y otros partidos políticos en la neocolonia, hubo un ñañiguismo partidista que no fue ignorado por los partidos oficiales interesados en captar esa fuerza electoral durante lo mas de cincuenta años de la República neocolonial.
Abakuá se constituyó en un principio por naciones, tierras, potencias, juegos y partidos, con un propósito o fin inicial de afirmación étnica y cultural en una sociedad que los discriminaba. Con posterioridad, al abrirse el ingreso a cubanos de diferentes etnias, como resultado de la abolición de la esclavitud en el periodo correspondiente a 1886, provocó una especie de caos en el interior de las sociedades, debido a que continuó persistiendo el racismo dentro de sus filas.
Los viejos de nación, conocidos como los taitas, se opusieron al ingreso de los blancos, aduciendo que estos adeptos no mantendrían la discreción requerida, y que esto resquebrajaría la autoridad de los jefes y que los secretos trascenderían al dominio público .
De esta manera el Abakuá se convirtió en un refugio para delincuentes, que aprovecharon sus principios básicos de ayuda mutua, para escapar de la persecución oficial. La estigmatización de los mismos durante la segunda mitad del siglo XIX como criminales, provocó la persecución, deportación y el encarcelamiento sin distinción, de muchos de sus practicantes.
En la actualidad, esta religión es refugio para la autoreafirmacion del hombre como el macho, el que más valor tiene, es decir, es un espacio de competencia social, donde los más aptos son los que sobreviven.
Se hace necesario aclarar que un importante número de ñañigos lo constituía el proletariado de las zonas portuarias de La Habana, Matanzas y Cárdenas.
La práctica abakuá no pudo mantenerse al margen el proceso histórico, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo obrera, la lucha de clases y la enajenante acción divisionista del racismo; por esta razón se plantea al inicio del ensayo que esta religión es el resultado del inevitable condicionamiento social.
De modo general se aprecia como la propia historia de esta religión o sociedad secreta aporta elementos importantes en la comprensión de su funcionamiento y desarrollo en particular.
Ahora bien, ¿cuál fue la situación de la mujer dentro de esta sociedad secreta? ¿ Qué funciones se le atribuyeron en el interior de la misma?
La consideración de la mujer dentro de la religión abakuá, no difería en gran escala de la del esclavo, solo aquellas que pertenecían a las grandes familias, madres de jefes o de hombres ricos, logran disfrutar de una situación mejor que la del resto de ellas.
Cualquier hombre en sus tribus podía tener tantas mujeres como sus medios lo posibilitaran.
La mujer ibo al casarse perdía todos los derechos sobre ella misma o sus posesiones y pasaba a formar parte de las propiedades de su marido con un valor poco superior al de una vaca o una chiva . Como esta era considerada como una mercancía valiosa, la posesión de un gran número de ellas realzaba el prestigio masculino.
La culpa de las mujeres por el fallecimiento del marido, entre los efik, establecía que aquellas fueran inmoladas sobre su tumba para que continuaran sirviéndolo en el mundo de los muertos .
El dominio del hombre sobre la mujer fue mayor entre los conocidos como ibo a diferencia de otras tribus. Allí la mujer no podía tomar la iniciativa para el divorcio, en cambio el hombre podía arrojarla del hogar con dos o tres utensilios de cocina, desposeyéndola de todo derecho, incluso a los hijos.
La sociedad ñañiga no aceptaba a las mujeres entre sus miembros porque éstas según el testimonio de muchos ñañigos son consideradas incapaces de guardar un secreto .
De esta manera se aprecia como en el interior de esta sociedad secreta se discrimina a la mujer en todos los aspectos de la vida cotidiana.
Un análisis crítico desde la perspectiva sociológica de género constituye la clave fundamental para entender y dilucidar algunos elementos importantes en la comprensión de los factores actuantes en esta total discriminación de la mujer dentro de la sociedad reconocida como abakuá.
La perspectiva de género facilita el modo de decodificar el significado que las culturas otorgan a la diferencia de sexos, y además es una manera de comprender las complejas conexiones entre varias formas de interacción humana .
El patriarcado, sistema de dominación, el cuál consistió en el ejercicio de poder de los hombres sobre las mujeres de manera desigual es uno de los aspectos esenciales para comprender el complejo proceso de discriminación a la que fue sometida la mujer dentro del ñañiguismo.
La familia patriarcal se caracterizó por ser una institución social especifica basada en la organización del trabajo en el hogar, donde el padre de la familia era el que controlaba y distribuía el trabajo , lo que provocó una subordinación creciente por parte de la mujer hacia el hombre, subordinación que aún en la actualidad funciona dentro de la sociedad cubana abakuá.
La distribución de roles también es un elemento importante para entender y analizar esta problemática. La mujer quedó relegada al espacio privado, es decir a las labores hogareñas y el hombre incrementó su participación en los espacios públicos, como resultado de los estereotipos construidos alrededor de la mujer a través de los procesos históricos por los que transitó la sociedad cubana en general.
La idea de que la mujer no puede guardar un secreto evidencia un conocimiento estereotipado por tabúes fundamentalmente sociales que desembocan en la invisibilización de la mujer y en la legitimación del hombre como el centro de la sociedad. Este androcrentrismo provocado por la codificación social que desde la familia se asocia con las funciones intrafamiliares de la niña y el niño, explica el por qué de la discriminación de la mujer dentro de este tipo de sociedad, que al igual que la masonería excluyó y excluye a la mujer de todas sus prácticas y rituales.
La violencia simbólica a la cual fue sometida la mujer y que generalmente no se percibe, resulta un elemento crucial en este análisis, debido a que es un mecanismo psicológico que actuó de manera directa en la construcción de lo que significó la mujer para el hombre en la sociedad ñañiga en cuanto a los roles de subordinación, como producto de la división social y sexual del trabajo.
Considero que todo debate con relación a la mujer y a sus derechos dentro de cualquier sociedad secreta provoca una cierta incomodidad e inconformidad por parte de sus participantes, que hasta nuestros días producen y reproducen patrones asociados con el machismo, y donde además el sexismo gana un terreno fundamental en los principios básicos y estatutos de las sociedades secretas de nuestro país.
Convendría pues, de cara al logro de la eliminación de esta discriminación histórica darnos cuenta de la importancia de la mujer dentro de la sociedad cubana en general y otorgarle esos espacios perdidos o nunca encontrados, donde puedan alzar sus voces con total igualdad de derechos.
Bibliografía
• Astelarra, Judith. Libres e Iguales. Sociedad y política desde el feminismo. Ensayo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.
• Lamas, Marta. Usos y posibilidades de la categoría género en: http//www. udg. mx/laventana/libr1/lamas.html
• Sabater Palenzuela, Vivian M (Compiladora). Sociedad y Religión. Selección de lecturas. Tomo I. Editorial Félix Varela, La Habana, 2003.
• Proveyer Cervantes, Clotilde (Compiladora).Selección de lecturas de Sociología y Política Social de Género. Editorial Félix Varela, La Habana, 2005.
El tema de la religión a través de la historia ha sido objeto de debate no solo por los especialitas que laboran en esta temática, sino también de aquellos que sin abordar este aspecto desde una perspectiva científica, han contribuido a enriquecer el conocimiento popular religioso de la sociedad cubana en general.
La religión es el resultado del condicionamiento social imperante en todo tipo de sociedad, que tiene que ver con los modelos económicos, políticos y sociales de cada sociedad en específico; donde la fe, elemento medular, alcanza un valor determinante en la percepción de los creyentes, de ahí que un cierto grado de fe, también conlleva a un cierto grado de creencia en una practica religiosa concreta.
En Cuba existen diferentes religiones como es el caso de la religión católica, y las de carácter protestante en oposición a la fe católica, como son los casos de las iglesias adventistas del séptimo día, pentecostales, episcopales, entre otras. También se encuentran las religiones de sustrato africano como: el palo monte, el espiritismo en todas sus variantes, la santería y la religión abakuá en la cual se centrará el presente análisis.
En todas estas manifestaciones religiosas de alguna u otra forma la mujer ha sido participe de su funcionamiento, con excepción de la religión abakuá, de ahí mi interés en realizar una mirada crítica del fenómeno desde la perspectiva sociológica de género.
Esta religión, que se contempló como sociedad secreta de socorro y ayuda mutua entre hombres __ debo aclarar que en el imaginario popular del cubano en la actualidad se asume como un tipo especifico de religión__. Sus orígenes datan del periodo de la trata por los Ríos del Aceite (Oil River), que comprenden buena parte del vastísimo delta del Níger y las zonas extendidas hacia el sur de éste, hasta las proximidades de la bahía Ambas, ya en el Camerún, se encuentran los primeros los embarcaderos, de donde partieron rumbo a América los carabalíes. Esos embarcaderos fueron Brass, Okrika y Bonny, en el delta del Niger, Owome o Nuevo Calabar y, cerca de la desembocadura de los ríos de la Cruz y Calabar, los poblados ribereños de Ikot Itunko o Ikoritungko y Atakpa, propiamente los del Viejo Calabar denominados por los ingleses, respectivamente, Creek Town y Duke Town.
El Viejo Calabar, ubicado en la provincia nigeriana, fue uno de los principales centros de recepción y embarque de carabalíes, de allí salieron los esclavos de las tres grandes tribus conocidas como: ibo, ibibio y ekoi, y de donde se le atribuye la procedencia a lo que se conoce como el nañiguismo.
Los carabalíes llegaron a constituir uno de los más numerosos, significativos y complejos grupos de africanos que sirvieron a los esclavistas de la colonia de Cuba.
El tráfico de esclavos mezcló a miembros de diferentes etnias africanas, debido a que la servidumbre colonial cubana hizo compleja esta composición, al confundir en los barracones de los ingenios y cafetales a los carabalíes que convivieron con los igualmente complejos lucumíes y bantús, los tres grupos de esclavos mas importantes de Cuba.
En 1836, en el poblado de Regla, frente a la bahía habanera, se creó la primera tierra, potencia, partido, nación o juego ñañigo abakuá que al parecer, fue posible por haber contado con el amparo de un cabildo negro carabali: Appapa efik. Estos cabildos negros fueron autorizados por el gobierno español y debían servir, al registrarse oficialmente como centros de asistencia mutua para integrantes de una misma nación africana y, al igual que los carabalíes, los hubo lucumíes de otras procedencias étnicas de africanos esclavizados.
Los nombres de estos cabildos junto con los del recuerdo sagrado ñañigo, son fuentes para identificar orígenes. Entre los primeros se cuentan, además de Appapa Efik, Carabali Abalo, Carabali Insuamo-Isieque, Carabali Ibó, Carabali Ingré, Carabali Efik… y entre las tierras del ñañiguismo: Efik Buton, la iniciadora, Erón Nta, Oru Bibñi, Eforia Nkomo, Abakuá Efor, Efí Abakuá, Usagaré Mutanga… Los nombres de los cabildos presentan un espacio geográfico mucho más amplio que el de las tierras, donde aparecen, insistentemente, efor y efik, la madre y el padre de abakuá según el linaje tradicional ñañigo.
Con el devenir histórico, resultado de los cambios y transformaciones económicas, políticas y sociales, las sociedades ñañigas que en sus inicios estaban constituidas por esclavos de nación, fueron incrementando en sus filas practicantes de diferentes capas sociales, dígase: negros criollos, mulatos y finalmente luego de violentas pugnas, los blancos.
Durante segunda mitad del siglo XIX, ser ñañigo no significaba ser carabali, como tampoco significaba que se fuese negro, pero si se aceptaba el complejo de creencias y se cumplimentaba el ritual que fundamentaba su existencia.
La variedad de calificativos con que los ñañigos generalizaron sus sociedades constituyeron una forma peculiar de coexistencia, identificación y reafirmación para legitimarse como sociedad secreta. En este sentido ellos realizaron desde su concepción del mundo una conceptualización de los diferentes elementos que componían su sistema de creencias. Entre los que se encuentran:
Tierra: El termino como en África, delimita el territorio de acción efectiva de una u otra sociedad; pero, en su más profundo sentido, la tierra es, la africana, donde se ubican los espíritus venerados de los antepasados que asisten a la ceremonia del rito ñañigo.
Potencia: por la fortaleza interna, mágica, de todo lo concerniente a abakuá, la solidaridad de su membresía y el cumplimiento obligatorio de sus leyes, que comienza por el hermetismo protector. La potencia, es el conjunto de objetos sacros y de hombres probados como creyentes valientes y viriles. Sólo lo que sea potente, macho, puede tener acceso a sus secretos.
Juego: por la dramática puesta en escena de lo que se califica, quizás con menos propiedad, representación: la interpretación oscura, multiforme y multicolor de los ritos prescritos con la presencia de los diablitos, toques de tambor, utilería y atuendos.
Los ingleses lo denominan play, con un exacto significado al del juego español, posible reminiscencia de los juegos medievales, aplicados a abakuá en tiempos de colonia.
Nación: por su singularidad originaria, integrada por negros de nación, por carabalíes, por no-cubanos, por esclavos que encontraban una autoreafirmación personal frente a la generalizada hostilidad que les rodea, con su propia jerga, leyes, cultura y hasta tierras.
Partido: también con sentido separatista. Como hubo partidos pro españoles, anexionistas e independentistas en la colonia y otros partidos políticos en la neocolonia, hubo un ñañiguismo partidista que no fue ignorado por los partidos oficiales interesados en captar esa fuerza electoral durante lo mas de cincuenta años de la República neocolonial.
Abakuá se constituyó en un principio por naciones, tierras, potencias, juegos y partidos, con un propósito o fin inicial de afirmación étnica y cultural en una sociedad que los discriminaba. Con posterioridad, al abrirse el ingreso a cubanos de diferentes etnias, como resultado de la abolición de la esclavitud en el periodo correspondiente a 1886, provocó una especie de caos en el interior de las sociedades, debido a que continuó persistiendo el racismo dentro de sus filas.
Los viejos de nación, conocidos como los taitas, se opusieron al ingreso de los blancos, aduciendo que estos adeptos no mantendrían la discreción requerida, y que esto resquebrajaría la autoridad de los jefes y que los secretos trascenderían al dominio público .
De esta manera el Abakuá se convirtió en un refugio para delincuentes, que aprovecharon sus principios básicos de ayuda mutua, para escapar de la persecución oficial. La estigmatización de los mismos durante la segunda mitad del siglo XIX como criminales, provocó la persecución, deportación y el encarcelamiento sin distinción, de muchos de sus practicantes.
En la actualidad, esta religión es refugio para la autoreafirmacion del hombre como el macho, el que más valor tiene, es decir, es un espacio de competencia social, donde los más aptos son los que sobreviven.
Se hace necesario aclarar que un importante número de ñañigos lo constituía el proletariado de las zonas portuarias de La Habana, Matanzas y Cárdenas.
La práctica abakuá no pudo mantenerse al margen el proceso histórico, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo obrera, la lucha de clases y la enajenante acción divisionista del racismo; por esta razón se plantea al inicio del ensayo que esta religión es el resultado del inevitable condicionamiento social.
De modo general se aprecia como la propia historia de esta religión o sociedad secreta aporta elementos importantes en la comprensión de su funcionamiento y desarrollo en particular.
Ahora bien, ¿cuál fue la situación de la mujer dentro de esta sociedad secreta? ¿ Qué funciones se le atribuyeron en el interior de la misma?
La consideración de la mujer dentro de la religión abakuá, no difería en gran escala de la del esclavo, solo aquellas que pertenecían a las grandes familias, madres de jefes o de hombres ricos, logran disfrutar de una situación mejor que la del resto de ellas.
Cualquier hombre en sus tribus podía tener tantas mujeres como sus medios lo posibilitaran.
La mujer ibo al casarse perdía todos los derechos sobre ella misma o sus posesiones y pasaba a formar parte de las propiedades de su marido con un valor poco superior al de una vaca o una chiva . Como esta era considerada como una mercancía valiosa, la posesión de un gran número de ellas realzaba el prestigio masculino.
La culpa de las mujeres por el fallecimiento del marido, entre los efik, establecía que aquellas fueran inmoladas sobre su tumba para que continuaran sirviéndolo en el mundo de los muertos .
El dominio del hombre sobre la mujer fue mayor entre los conocidos como ibo a diferencia de otras tribus. Allí la mujer no podía tomar la iniciativa para el divorcio, en cambio el hombre podía arrojarla del hogar con dos o tres utensilios de cocina, desposeyéndola de todo derecho, incluso a los hijos.
La sociedad ñañiga no aceptaba a las mujeres entre sus miembros porque éstas según el testimonio de muchos ñañigos son consideradas incapaces de guardar un secreto .
De esta manera se aprecia como en el interior de esta sociedad secreta se discrimina a la mujer en todos los aspectos de la vida cotidiana.
Un análisis crítico desde la perspectiva sociológica de género constituye la clave fundamental para entender y dilucidar algunos elementos importantes en la comprensión de los factores actuantes en esta total discriminación de la mujer dentro de la sociedad reconocida como abakuá.
La perspectiva de género facilita el modo de decodificar el significado que las culturas otorgan a la diferencia de sexos, y además es una manera de comprender las complejas conexiones entre varias formas de interacción humana .
El patriarcado, sistema de dominación, el cuál consistió en el ejercicio de poder de los hombres sobre las mujeres de manera desigual es uno de los aspectos esenciales para comprender el complejo proceso de discriminación a la que fue sometida la mujer dentro del ñañiguismo.
La familia patriarcal se caracterizó por ser una institución social especifica basada en la organización del trabajo en el hogar, donde el padre de la familia era el que controlaba y distribuía el trabajo , lo que provocó una subordinación creciente por parte de la mujer hacia el hombre, subordinación que aún en la actualidad funciona dentro de la sociedad cubana abakuá.
La distribución de roles también es un elemento importante para entender y analizar esta problemática. La mujer quedó relegada al espacio privado, es decir a las labores hogareñas y el hombre incrementó su participación en los espacios públicos, como resultado de los estereotipos construidos alrededor de la mujer a través de los procesos históricos por los que transitó la sociedad cubana en general.
La idea de que la mujer no puede guardar un secreto evidencia un conocimiento estereotipado por tabúes fundamentalmente sociales que desembocan en la invisibilización de la mujer y en la legitimación del hombre como el centro de la sociedad. Este androcrentrismo provocado por la codificación social que desde la familia se asocia con las funciones intrafamiliares de la niña y el niño, explica el por qué de la discriminación de la mujer dentro de este tipo de sociedad, que al igual que la masonería excluyó y excluye a la mujer de todas sus prácticas y rituales.
La violencia simbólica a la cual fue sometida la mujer y que generalmente no se percibe, resulta un elemento crucial en este análisis, debido a que es un mecanismo psicológico que actuó de manera directa en la construcción de lo que significó la mujer para el hombre en la sociedad ñañiga en cuanto a los roles de subordinación, como producto de la división social y sexual del trabajo.
Considero que todo debate con relación a la mujer y a sus derechos dentro de cualquier sociedad secreta provoca una cierta incomodidad e inconformidad por parte de sus participantes, que hasta nuestros días producen y reproducen patrones asociados con el machismo, y donde además el sexismo gana un terreno fundamental en los principios básicos y estatutos de las sociedades secretas de nuestro país.
Convendría pues, de cara al logro de la eliminación de esta discriminación histórica darnos cuenta de la importancia de la mujer dentro de la sociedad cubana en general y otorgarle esos espacios perdidos o nunca encontrados, donde puedan alzar sus voces con total igualdad de derechos.
Bibliografía
• Astelarra, Judith. Libres e Iguales. Sociedad y política desde el feminismo. Ensayo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.
• Lamas, Marta. Usos y posibilidades de la categoría género en: http//www. udg. mx/laventana/libr1/lamas.html
• Sabater Palenzuela, Vivian M (Compiladora). Sociedad y Religión. Selección de lecturas. Tomo I. Editorial Félix Varela, La Habana, 2003.
• Proveyer Cervantes, Clotilde (Compiladora).Selección de lecturas de Sociología y Política Social de Género. Editorial Félix Varela, La Habana, 2005.
miércoles, 4 de junio de 2008
“Masculinidad y Raza en el béisbol profesional cubano” (1940-1949).
Daniel Alejandro Fernández González. (historiador)
Los incontables progresos sostenidos por el deporte a lo largo del siglo XX, trajeron aparejado que el mundo de la práctica deportiva traspasara el marco de su definición como “…sistema de competiciones físicas, generalizadas, universales, abierto por principio a todos, que se extiende en el espacio (todas las naciones, todos los grupos sociales, todos los individuos pueden practicarlos) o en el tiempo y cuyo objetivo es medir y comparar las actuaciones del cuerpo humano concebido como polémica siempre perfectible.”[1], para instituirse como un espectáculo dentro del cual, convergen, se legitiman y se expresan fenómenos y aspectos sociales como la violencia, las conciencias e identidades colectivas, las relaciones raciales y de género; en un campo donde se interconectan y tienen lugar relaciones económicas y comerciales, y se validan intereses políticos propios de las sociedades modernas.
Dichas transformaciones trajeron como resultado que el deporte se convirtiera en uno de los tres grandes socializadores de los seres humanos, junto a la música y al sexo. Estas relaciones de socialización establecidas van a estar interconectadas a las relaciones de género, en tanto en ellas intervienen códigos de comportamiento y valores previamente establecidos y asignados a tono con la posición del individuo (hombre o mujer) en las relaciones de dominación y subordinación. Dentro de la multiplicidad de disciplinas deportivas que existen, los deportes colectivos (fútbol, baloncesto, balonmano, béisbol, rugby, hockey sobre hielo, entre otros) se han legitimado como espacios donde se desarrollan “luchas” o “enfrentamientos” entre dos bandos que tributan a la producción y reproducción de características y elementos asociados a un modelo de masculinidad hegemónico, al que no todos los individuos están llamados a pertenecer.
En Cuba el béisbol, deporte nacional, parte indisoluble de nuestra identidad, partícipe activo en la conformación de la nacionalidad cubana; ha sido un espacio de legitimación de las características históricamente utilizadas para la construcción social de un estereotipo de masculinidad hegemónica (fuerza, agresividad, rudeza, inteligencia, valentía, poder, etc.) En todas las áreas donde el deporte de las bolas y los strikes ocupa el centro de la atención: terrenos, graderías, peñas beisboleras, órganos de prensa, establecimientos y paredes con imágenes y grafitis, se justifica la existencia del béisbol como deporte y práctica social que tributa al comportamiento, actitudes, costumbres y actividades sociales reservados históricamente para perpetuar la posición jerárquico-dominante de un grupo de hombres sobre las mujeres y sobre otros hombres.
Como parte de la elaboración del proyecto de tesis de licenciatura en que me encuentro inmerso, referido de forma sintética al estudio de la socialización de las masculinidades de los peloteros cubanos que, durante la década de 1940, emigraron a los Estados Unidos contratados para jugar en las distintas ligas del béisbol organizado (rentado o profesional) de esa nación, el estudio del decurso del béisbol profesional cubano y de su par norteamericano en el período señalado, me permitió definir la imposibilidad de examinar la(s) masculinidad(es) de estos deportistas sin tener en cuenta la interrelación que se establecía entre la construcción social de esa(s) masculinidad(es) y las categorías raza y nación.
Ello condiciona que el estudio de la(s) masculinidad(es) de esos peloteros y de su socialización, rebase el marco de la precisión y adjudicación de características anteriormente mencionadas (fuerza, inteligencia, violencia, arrojo), asociadas a un estereotipo de masculinidad(es) determinado, al deber tenerse en cuenta otros elementos referidos al hecho de ser un pelotero negro o blanco, cubano o norteamericano, negro y cubano o negro y norteamericano, blanco y cubano o blanco y norteamericano. Además considero necesario señalar que tampoco puede obviarse el contexto histórico-espacial de ambas naciones que enmarca al período estudiado; ni los discursos y prácticas en relación a raza y a la nacionalidad que prevalecen en él y son trasladados al escenario del béisbol[2].
En el marco de las relaciones que desde la introducción del béisbol en Cuba (década del sesenta del siglo XIX) se establecieron entre la pelota de la Isla y su similar de los Estados Unidos, acrecentadas tras el arribo de la nueva centuria, encontramos que hacia la década de 1940 esa interconexión implica una profunda interdependencia en las dinámicas que moldean el curso de la pelota en ambas naciones, aunque partiendo siempre del papel hegemónico de la organización del béisbol de grandes ligas norteamericano y de su interés por mantener el dominio de la cultura que representa, la de las elites blancas y por incrementar el control económico del béisbol en su totalidad . Esas relaciones se van a manifestar en el constante ir y venir de jugadores y equipos cubanos y norteamericanos para insertarse en ambos universos del béisbol profesional, a través de la contratación de peloteros, la celebración de series de exhibición, la participación de equipos cubanos en circuitos del béisbol rentado estadounidense.
En un contexto donde el béisbol norteamericano aún se encuentra sujeto a la segregación racial impuesta a finales del siglo XIX, en tanto coexisten dos circuitos profesionales, diferenciados más que por el capital de sus dueños o por la calidad de sus equipos, por el color de la piel de los jugadores que en ellos se desempeñan, el béisbol profesional cubano se presentaba en apariencia como el paraíso de la integración racial, al exhibir equipos donde confluían jugadores negros, blancos, mestizos, ya fueran cubanos o norteños.
El análisis de las implicaciones que trae consigo esta diferencia, condiciona una vez más la determinación de las masculinidades que definen a los peloteros que confluyen en esta investigación. Lógicamente, entonces, la construcción social de las masculinidades de los peloteros, negros o blancos, cubanos o norteamericanos en el béisbol profesional de la nación caribeña y la comprensión de las dinámicas de su socialización, llevadas al universo de la pelota rentada de los Estados Unidos, una vez que los peloteros de ese país retornan a sus circuitos nacionales y un número considerable de jugadores cubanos son contratados para jugar en ellos, va a pasar por un proceso de deconstrucción y readaptación a nuevas condiciones, relaciones y modelos de dominación y subordinación.
Si se tiene en cuenta que en el decenio de 1940 se capitaliza la supuesta integración racial en el béisbol norteamericano con la entrada oficial en el año 1947 del primer pelotero negro (Jackie Robinson) a las Ligas Mayores, tras un proceso de búsqueda por parte de los magnates del béisbol blanco de aquellos “jugadores de color” que reunieran las características asociadas al modelo de masculinidad hegemónico representado en el pelotero norteamericano blanco (con lo cual les sería otorgado un poder simbólico convirtiéndolos en paradigmas a seguir por sus iguales) y estuvieran dispuestos a aceptar el orden en la relación de dominación-subordinación establecido; proceso al que el béisbol profesional cubano no estuvo ajeno, tenemos un nuevo elemento a considerar para la consecusión de los propósitos que persigue esta investigación.[3]
Para arribar a estas conclusiones iniciales, en relación con la construcción social de la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos y su socialización en el escenario del béisbol profesional de los Estados Unidos, resultó imprescindible la consulta de una fuente publicística cubana que circulara durante el período: la revista Carteles. La revisión de cada uno de los números que semanalmente publicó dicha revista en los diez años que se estudian, evidenció cómo la prensa especializada en el tema del béisbol en Cuba, no se detuvo en la simple reproducción de scores de juego y estadísticas de jugadores y equipos, sino que tomó posición a partir de un discurso de defensa de la identidad cubana representada en sus peloteros y de la necesidad de un espectáculo deportivo que no estuviera mediado por las diferencias raciales, intrínsecamente ligadas a ese discurso nacionalista. Ello permite que a pesar de no existir en los artículos revisados la intención de implementar una perspectiva de género, y particularmente de incorporar elementos relativos a los estudios de masculinidad[4], se puede encontrar en ella elementos sólidos para conformar una visión bastante integral sobre los mecanismos a partir de los cuales se construyen socialmente la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos en el béisbol profesional de la isla, su transformación y socialización una vez que estos peloteros se insertan en el béisbol organizado de Norteamérica y cómo se involucran en ello estructuras sociales como la raza y la nacionalidad.
[1] Tomado de: Jean Marie Brown. Sociología política del deporte. París, Editorial Macrolibros, 1968, p. 44.
[2] Para una mejor comprensión de este último aspecto resulta indicado la lectura de la ponencia: “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol” de los investigadores Lisa Brock y Otis Cunningham, compilada en el texto “Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos.” Ver: Lisa Brock y Otis Cunningham. “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol”, en Rafael Hernández y Joan Coatsworth. Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos, Centro Juan Marinello/Universidad de Harvard, 2001, pp. 203-227.
[3] Un elemento interesante en ese sentido resulta el hecho que uno de los jugadores negros que habían sido propuestos para romper con la barrera racial en el béisbol profesional norteamericano fue el cubano Silvio García, que al igual que Robinson era una de las grandes figuras de las Ligas Independientes de Color. Se cuenta que al ser entrevistado por el dueño de los Dodgers de Brooklyn (club que realizó el contrato de Jackie Robinson), Branch Rickey, García manifestó que ante la posibilidad de cualquier ataque de contenido racista hacia su persona, respondería de forma violenta, lo cual anuló la oportunidad de que fuera el pelotero designado para “hacer desaparecer la barrera racial”. Ver: Roberto González Echevarría. La gloria de Cuba. Historia del béisbol en la isla. Madrid, Editorial Colibrí, 1ra edición en español, 1999.
[4] Ello resulta lógico si se tiene en cuenta la distancia en el tiempo que median entre los años en que circula la revista y el momento de inicio de estos estudios.
Los incontables progresos sostenidos por el deporte a lo largo del siglo XX, trajeron aparejado que el mundo de la práctica deportiva traspasara el marco de su definición como “…sistema de competiciones físicas, generalizadas, universales, abierto por principio a todos, que se extiende en el espacio (todas las naciones, todos los grupos sociales, todos los individuos pueden practicarlos) o en el tiempo y cuyo objetivo es medir y comparar las actuaciones del cuerpo humano concebido como polémica siempre perfectible.”[1], para instituirse como un espectáculo dentro del cual, convergen, se legitiman y se expresan fenómenos y aspectos sociales como la violencia, las conciencias e identidades colectivas, las relaciones raciales y de género; en un campo donde se interconectan y tienen lugar relaciones económicas y comerciales, y se validan intereses políticos propios de las sociedades modernas.
Dichas transformaciones trajeron como resultado que el deporte se convirtiera en uno de los tres grandes socializadores de los seres humanos, junto a la música y al sexo. Estas relaciones de socialización establecidas van a estar interconectadas a las relaciones de género, en tanto en ellas intervienen códigos de comportamiento y valores previamente establecidos y asignados a tono con la posición del individuo (hombre o mujer) en las relaciones de dominación y subordinación. Dentro de la multiplicidad de disciplinas deportivas que existen, los deportes colectivos (fútbol, baloncesto, balonmano, béisbol, rugby, hockey sobre hielo, entre otros) se han legitimado como espacios donde se desarrollan “luchas” o “enfrentamientos” entre dos bandos que tributan a la producción y reproducción de características y elementos asociados a un modelo de masculinidad hegemónico, al que no todos los individuos están llamados a pertenecer.
En Cuba el béisbol, deporte nacional, parte indisoluble de nuestra identidad, partícipe activo en la conformación de la nacionalidad cubana; ha sido un espacio de legitimación de las características históricamente utilizadas para la construcción social de un estereotipo de masculinidad hegemónica (fuerza, agresividad, rudeza, inteligencia, valentía, poder, etc.) En todas las áreas donde el deporte de las bolas y los strikes ocupa el centro de la atención: terrenos, graderías, peñas beisboleras, órganos de prensa, establecimientos y paredes con imágenes y grafitis, se justifica la existencia del béisbol como deporte y práctica social que tributa al comportamiento, actitudes, costumbres y actividades sociales reservados históricamente para perpetuar la posición jerárquico-dominante de un grupo de hombres sobre las mujeres y sobre otros hombres.
Como parte de la elaboración del proyecto de tesis de licenciatura en que me encuentro inmerso, referido de forma sintética al estudio de la socialización de las masculinidades de los peloteros cubanos que, durante la década de 1940, emigraron a los Estados Unidos contratados para jugar en las distintas ligas del béisbol organizado (rentado o profesional) de esa nación, el estudio del decurso del béisbol profesional cubano y de su par norteamericano en el período señalado, me permitió definir la imposibilidad de examinar la(s) masculinidad(es) de estos deportistas sin tener en cuenta la interrelación que se establecía entre la construcción social de esa(s) masculinidad(es) y las categorías raza y nación.
Ello condiciona que el estudio de la(s) masculinidad(es) de esos peloteros y de su socialización, rebase el marco de la precisión y adjudicación de características anteriormente mencionadas (fuerza, inteligencia, violencia, arrojo), asociadas a un estereotipo de masculinidad(es) determinado, al deber tenerse en cuenta otros elementos referidos al hecho de ser un pelotero negro o blanco, cubano o norteamericano, negro y cubano o negro y norteamericano, blanco y cubano o blanco y norteamericano. Además considero necesario señalar que tampoco puede obviarse el contexto histórico-espacial de ambas naciones que enmarca al período estudiado; ni los discursos y prácticas en relación a raza y a la nacionalidad que prevalecen en él y son trasladados al escenario del béisbol[2].
En el marco de las relaciones que desde la introducción del béisbol en Cuba (década del sesenta del siglo XIX) se establecieron entre la pelota de la Isla y su similar de los Estados Unidos, acrecentadas tras el arribo de la nueva centuria, encontramos que hacia la década de 1940 esa interconexión implica una profunda interdependencia en las dinámicas que moldean el curso de la pelota en ambas naciones, aunque partiendo siempre del papel hegemónico de la organización del béisbol de grandes ligas norteamericano y de su interés por mantener el dominio de la cultura que representa, la de las elites blancas y por incrementar el control económico del béisbol en su totalidad . Esas relaciones se van a manifestar en el constante ir y venir de jugadores y equipos cubanos y norteamericanos para insertarse en ambos universos del béisbol profesional, a través de la contratación de peloteros, la celebración de series de exhibición, la participación de equipos cubanos en circuitos del béisbol rentado estadounidense.
En un contexto donde el béisbol norteamericano aún se encuentra sujeto a la segregación racial impuesta a finales del siglo XIX, en tanto coexisten dos circuitos profesionales, diferenciados más que por el capital de sus dueños o por la calidad de sus equipos, por el color de la piel de los jugadores que en ellos se desempeñan, el béisbol profesional cubano se presentaba en apariencia como el paraíso de la integración racial, al exhibir equipos donde confluían jugadores negros, blancos, mestizos, ya fueran cubanos o norteños.
El análisis de las implicaciones que trae consigo esta diferencia, condiciona una vez más la determinación de las masculinidades que definen a los peloteros que confluyen en esta investigación. Lógicamente, entonces, la construcción social de las masculinidades de los peloteros, negros o blancos, cubanos o norteamericanos en el béisbol profesional de la nación caribeña y la comprensión de las dinámicas de su socialización, llevadas al universo de la pelota rentada de los Estados Unidos, una vez que los peloteros de ese país retornan a sus circuitos nacionales y un número considerable de jugadores cubanos son contratados para jugar en ellos, va a pasar por un proceso de deconstrucción y readaptación a nuevas condiciones, relaciones y modelos de dominación y subordinación.
Si se tiene en cuenta que en el decenio de 1940 se capitaliza la supuesta integración racial en el béisbol norteamericano con la entrada oficial en el año 1947 del primer pelotero negro (Jackie Robinson) a las Ligas Mayores, tras un proceso de búsqueda por parte de los magnates del béisbol blanco de aquellos “jugadores de color” que reunieran las características asociadas al modelo de masculinidad hegemónico representado en el pelotero norteamericano blanco (con lo cual les sería otorgado un poder simbólico convirtiéndolos en paradigmas a seguir por sus iguales) y estuvieran dispuestos a aceptar el orden en la relación de dominación-subordinación establecido; proceso al que el béisbol profesional cubano no estuvo ajeno, tenemos un nuevo elemento a considerar para la consecusión de los propósitos que persigue esta investigación.[3]
Para arribar a estas conclusiones iniciales, en relación con la construcción social de la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos y su socialización en el escenario del béisbol profesional de los Estados Unidos, resultó imprescindible la consulta de una fuente publicística cubana que circulara durante el período: la revista Carteles. La revisión de cada uno de los números que semanalmente publicó dicha revista en los diez años que se estudian, evidenció cómo la prensa especializada en el tema del béisbol en Cuba, no se detuvo en la simple reproducción de scores de juego y estadísticas de jugadores y equipos, sino que tomó posición a partir de un discurso de defensa de la identidad cubana representada en sus peloteros y de la necesidad de un espectáculo deportivo que no estuviera mediado por las diferencias raciales, intrínsecamente ligadas a ese discurso nacionalista. Ello permite que a pesar de no existir en los artículos revisados la intención de implementar una perspectiva de género, y particularmente de incorporar elementos relativos a los estudios de masculinidad[4], se puede encontrar en ella elementos sólidos para conformar una visión bastante integral sobre los mecanismos a partir de los cuales se construyen socialmente la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos en el béisbol profesional de la isla, su transformación y socialización una vez que estos peloteros se insertan en el béisbol organizado de Norteamérica y cómo se involucran en ello estructuras sociales como la raza y la nacionalidad.
[1] Tomado de: Jean Marie Brown. Sociología política del deporte. París, Editorial Macrolibros, 1968, p. 44.
[2] Para una mejor comprensión de este último aspecto resulta indicado la lectura de la ponencia: “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol” de los investigadores Lisa Brock y Otis Cunningham, compilada en el texto “Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos.” Ver: Lisa Brock y Otis Cunningham. “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol”, en Rafael Hernández y Joan Coatsworth. Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos, Centro Juan Marinello/Universidad de Harvard, 2001, pp. 203-227.
[3] Un elemento interesante en ese sentido resulta el hecho que uno de los jugadores negros que habían sido propuestos para romper con la barrera racial en el béisbol profesional norteamericano fue el cubano Silvio García, que al igual que Robinson era una de las grandes figuras de las Ligas Independientes de Color. Se cuenta que al ser entrevistado por el dueño de los Dodgers de Brooklyn (club que realizó el contrato de Jackie Robinson), Branch Rickey, García manifestó que ante la posibilidad de cualquier ataque de contenido racista hacia su persona, respondería de forma violenta, lo cual anuló la oportunidad de que fuera el pelotero designado para “hacer desaparecer la barrera racial”. Ver: Roberto González Echevarría. La gloria de Cuba. Historia del béisbol en la isla. Madrid, Editorial Colibrí, 1ra edición en español, 1999.
[4] Ello resulta lógico si se tiene en cuenta la distancia en el tiempo que median entre los años en que circula la revista y el momento de inicio de estos estudios.
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