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martes, 19 de junio de 2012

Música y deporte: dos aliados fundamentales en contra de la violencia machista

Por Alejandro Céspedes Morejón
Analista deportivo de Tele Pinar y la RIAM

La música es el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo, mediante la intervención de complejos procesos psico-anímicos. Este es uno de varios conceptos que describe “teóricamente” esta manifestación artística. El deporte es una actividad que tiene un requerimiento físico y motriz, acompañado de una agudeza mental que se enmarca en la acción competitiva, en presencia de público y medios de comunicación.

El deporte y la música entran en planos unificadores ya que son una forma de expresión social y van en pos del mismo objetivo, el entretenimiento encaminado hacia cualquier generación y sector social dispuesto ha asimilarlo. Por estas vías entran a “retozar” una serie de factores que combinados pueden ser un genuino “Coctel Molotov”.

La educación formal que nos viene desde el hogar o el medio social al que pertenezcamos, los estados psíquico o de ánimo que nos rodean y el sentimiento que nos trasmita el escenario que estemos disfrutando en ese momento, son compuestos que encontramos en la música y el deporte por igual, y que nos hacen explotar sentimientos de maneras que pueden ser violentas si los códigos que componen nuestro razonamiento lógico así lo propician.  

En los espectáculos deportivos que participamos como espectadores o competidores estamos siendo continuamente bombardeados con música que, a mi humilde parecer, es una provocación a la violencia que se desata cada vez con más frecuencia en los escenarios deportivos de nuestro país.

En los deportes espectáculos como el béisbol, el baloncesto, el balonmano y el fútbol, por citar algunos de los más asiduos en nuestro patio, el contacto fuerte y la tensión competitiva es tan alta como acelerado el pulso que mantienen todos los inmiscuidos en el show, con el fin de alcanzar la victoria. Si a esta mescla inflamable le ponemos un catalizador como el Rock (en una medida ínfima en Cuba) o el (decida usted un adjetivo) reggaetón, las cosas se ponen feas en muchísimas ocasiones.

Quien les escribe, ha sido testigo de muchos actos violentos en distintas instalaciones deportivas del país, donde se unen gran cantidad de seguidores del deporte y de los atletas que lo desempeñan; ellos “se toman muy a pecho” el juego, tanto, como para si se le estimula un poco hacer justicia por su propia mano.


Múltiples son la anécdotas de equipos y árbitros que han esperado horas para salir escoltados por la policía de la instalaciones deportivas, por la presión violenta del público impulsado por un carburante peligroso como es la cólera. Cólera que se fue acumulando por muchos factores y que durante el desarrollo competitivo se “hizo engordar” con un estimulante muy poderoso y silencioso que es la música, la cual a altas y descontroladas velocidades se fue adueñando del sub consiente del aficionado, y este, en “plan zombi”, respondió con ira desenfrenada ante cualquier espoleo que le llegue.

Es el deseo de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades, hacer un llamado a las personas que son responsables del entretenimiento para nuestro pueblo, hacia esta subvalorada situación que muchas veces es un fuerte contribuyente a los actos de violencia que sufrimos en nuestra sociedad. Cada cosa tiene su puesto reservado y su momento para ser expuesta, sin propiciar daños colateralmente. No forcemos situaciones desagradables por desconocimiento o egoísmo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Violencia y deporte: Competitividad, ¿patente de corso?






Por Dixie Edith


La Habana, mayo (Especial de SEMlac).- Bates o pelotas lanzados contra el jugador contrario, discusiones entre árbitros y deportistas que terminan en riñas tumultuarias, golpes y ofensas son hechos cada vez más cotidianos en los espectáculos deportivos en Cuba, aseguran especialistas y observadores.



Aunque en la isla se reportan escenas de ese tipo desde los orígenes de las diversas competiciones, "hoy vivimos una de las etapas más violentas en la historia del deporte cubano", asegura el doctor Félix Julio Alfonso, historiador y profesor de la Universidad de La Habana, quien se ha dedicado a investigar sobre el tema.

Los hechos dan la razón a Alfonso. Así, la muy reciente reacción violenta del pelotero Carlos Tabares, la pasada semana, durante el último juego de la subserie entre el capitalino equipo Industriales y el de la central provincia de Cienfuegos, en el play off de la actual serie beisbolera, no es solo un hecho aislado.

Tabares, uno de los bateadores de mayor puntería del equipo capitalino, tiró la pelota con manifiesta violencia contra el césped, tras recibir un pelotazo no intencional por parte del pitcher cienfueguero, en uno de sus lanzamientos. La actitud desconcertó al resto de los jugadores y los comentaristas del partido. Pero le anteceden casos más lamentables.

Aún se recuerda la pelea ocurrida en 2006, en el Estadio Latinoamericano, durante un juego entre el propio equipo de Industriales y el de la oriental Santiago de Cuba, que terminó con el público volcado al terreno en medio de puñetazos.

Unos meses antes, otra "bronca" (discusión acalorada) entre jugadores de Matanzas (unos 200 kilómetros al este de La Habana) y capitalinos, en la Liga Superior de Baloncesto, incluyó a varios aficionados y motivó la suspensión de dos jugadores. Esta vez el escenario fue la Sala Polivalente "Ramón Fonst", en La Habana.

Cifras recopiladas por investigadores cubanos, integrantes de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (RIAM), confirman que la situación es crítica. Solo en el béisbol, hasta el inicio de la actual serie nacional, la número 51, el pasado noviembre, se reportaban 50 deportistas y 26 directivos expulsados del juego.

Julio César González Pagés, investigador y coordinador general de la RIAM, estima que en lo que va de la actual serie esos números han sido sobrepasados y pueden estar en el orden de los 51 jugadores y 31 técnicos.

En otro escenario que pudiera parecer más benigno, los juegos universitarios Caribe que cada año se celebran en la Universidad de La Habana, las agresiones también han ido en ascenso.

"Violencia estábamos acostumbrados a ver, pero este año fue peor", aseguró Alexis Carmona, estudiante de Licenciatura en Historia, futbolista y también integrante de la RIAM, durante la Segunda Jornada Cubana de Estudios de las Masculinidades, celebrada el pasado 18 de abril en La Habana. "El terreno se ha vuelto como un verdadero coliseo romano", afirmó.

Herencia cultural

Salvo excepciones, la mayoría de quienes se involucran en las prácticas violentas son hombres. "¿Por qué?", se preguntó en un pequeño audiovisual sobre el tema Enmanuel George
López, futuro historiador que ha asumido la violencia en los predios deportivos como línea de investigación.

Más allá del deporte, en los orígenes de cualquier tipo de violencia siempre hay una relación de poder, coinciden especialistas. Este tipo de comportamientos se perpetúa desde la cultura y forma parte del proceso de construcción de lo que es ser hombre en nuestras sociedades, marcadas por una fuerte tradición machista, agregan.

De la mano de las herencias y los aprendizajes transmitidos por la familia y el contexto social, el maltrato llega a convertirse "en requisito indispensable para competir, para ser fuertes y activos, para detentar un poder", aseveran González Pagés y Daniel Alejandro Fernández González, profesor del Departamento de Estudios Cubanos del Instituto Superior de Arte, en el artículo "Masculinidad y violencia: aproximaciones desde el universo del deporte".
 
Para Ernesto Pérez Zambrano, también estudioso del tema de las masculinidades e integrante de la RIAM, los factores que provocan o condicionan la violencia dentro del deporte son múltiples y pueden entenderse de distinta manera, según el contexto y la coyuntura.

"Pero es determinante la exacerbación de la competitividad por motivos que van más allá del deporte mismo, como la conducta agresiva de algunos hombres educados para dominar a otros, los regionalismos, las etnias, el género y la exigencia social sobre algunos deportistas", explicó a SEMlac.

"Muchas veces confundimos los deseos, el empeño y las ganas de vencer con el uso de la violencia. Creemos que entre las posibles llaves para el triunfo están las de agredir e infligir temor con acciones nada justificadas", agregó George López, quien también forma parte de la RIAM.

Asunto de muchas caras

El profesor José Fernández, docente de Sociología del Deporte en la Universidad de las Ciencias del Deporte, coincide con George en que el espíritu competitivo que acompaña al deporte no puede ser patente de corso para la violencia.

"Hay que diferenciar violencia de competitividad. La violencia es la anulación del otro; el no reconocer a la persona frente a mí", explicó durante los ya citados debates de la Segunda Jornada de Estudios sobre Masculinidades.

Sin embargo, Leonel Duarte, estudiante de la carrera de Lenguas Extranjeras en la Universidad de la Habana e integrante de la selección nacional de Futbol de Cuba, ha detallado que, lamentablemente, la agresividad en el deporte se enseña desde las categorías infantiles.

"El entrenador te inculca que hay que ganar. Eso es lo más importante; no importa a qué costo. La mayoría de los entrenadores enseñan a agredir", comentó el atleta que este año se incorporó a la campaña por la No Violencia que desarrolla la RIAM.
Para el doctor Alfonso, la permisividad con que muchas veces se enfrentan estas manifestaciones de violencia no ayuda a prevenirlas y erradicarlas.

"En la década del veinte del pasado siglo un jugador mató de un batazo a otro durante un partido de béisbol. El agresor fue juzgado con la pena máxima", contó durante el encuentro.

"¿Por qué actualmente los deportistas que cometen actos de agresión o escándalo público no pueden ser juzgados por autoridades, si esos hechos constituyen delitos?", se preguntó.
Pérez Zambrano, por su parte, vuelve la vista a otros actores del entramado social. "Los medios de comunicación tienen parte de responsabilidad, sobre todo por la manera en que refuerzan ciertos rasgos del carácter patriarcal y agresivo de la competencia deportiva", comentó a SEMlac.

"La poca o nula utilización de esos mismos medios para el trabajo de prevención de la violencia, durante los eventos deportivos, deja margen a las actitudes agresivas de aficionados, fanáticos y deportistas", agregó.

Por otra parte, Duarte defiende la urgencia de dejar en claro a los jugadores, pero también a cualquier persona que tenga que ver con los espacios deportivos, que el deporte es una competencia, "pero no para batirse a muerte", dice. "Nada justifica agredir al compañero, al contrario", recalcó.

domingo, 17 de julio de 2011

“Macho, varón, masculino en la villa de Santiago de las Vegas”



En la foto el pelotero Armando Capiró,el escritor Julio César González Pagés, la campeona centroamericana de fondo Sergía Martínez y el pelotero Pedro Chavez durante la presentación del libro Macho varón masculino. Estudios de Masculinidaes en Cuba el sabado 16 de julio de 2011 en Santiago de las Vegas, La Habana.




Por Dayron Oliva Hernández. Red Iberoamericana de Masculinidades


La Habana/16 de julio. Como parte de las lecturas de verano propiciadas por el Instituto Cubano del Libro y el Centro Provincial del Libro, el coordinador general de la Red Iberoamericana de Masculinidades, Julio César González Pagés, presentó su aclamado texto Macho, varón, masculino: Estudios de masculinidades en Cuba, en el municipio capitalino de Boyeros.

Con sede en el parque Juan Delgado de la antigua villa de Santiago de las Vegas, y junto a glorias deportivas cubanas –convocadas para la ocasión- como Sergia Martínez, Armando Capiró y Pedro Chávez, González Pagés agradeció la invitación y refirió los motivos que impulsaron, después de 15 años de investigación, la publicación de esta, su última obra.

Con el objetivo de reflexionar sobre algunas problemáticas que inciden en la vida de los hombres e influyen en la manera de pensar la masculinidad, el también profesor de la Universidad de La Habana, expresó que el libro aborda el feminismo, la violencia, la sexualidad, la paternidad y la migración. Asimismo, destacó que Macho, varón, masculino pretende contribuir a la búsqueda de mejores relaciones de los hombres entre sí y con respecto a las mujeres, para así favorecer el camino de la convivencia y de la equidad de género.

Junto antes de la acostumbrada firma por el autor de los libros adquiridos por el público asistente y que significó el rápido agotamiento de los ejemplares puestos en venta, González Pagés creó una gran expectativa a raíz del anuncio de una próxima entrega sobre las masculinidades en Cuba: Sexo, música y deporte: ¿Cosas de hombres?.

viernes, 8 de julio de 2011

DEPORTE Y VIOLENCIA. Reflexión acerca de una experiencia capitalina


Equipo de futbol de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología.






Por Carlos Ernesto Rodríguez Etcheverry


La peña deportiva Parque Central, en la capital del país es, sin discusión alguna, una de las plazas públicas de socialización de la masculinidad hegemónica más importante en la actualidad. Posee un incalculable valor histórico-cultural, que goza de una fuerte tradición en la sociedad cubana como espacio de intercambio de significados, percepciones y códigos específicos entre hombres aficionados al béisbol, los cuales coinciden con los rasgos del patrón de comportamiento masculino hegemónico legitimado socialmente en Cuba.

Así lo corroboran las técnicas de investigación aplicadas durante esta pesquisa y el proceso de observaciones no participantes y participantes que se realizó en el lugar, durante casi un año de trabajo.

Este espacio público no constituye, solamente, un sitio donde acuden hombres a debatir de pelota u otros deportes, sino que se discute una infinidad de temas sociales que demuestran la necesidad que sienten de polemizar todo tipo de cuestiones que se vinculan directamente con sus vidas y con el resto de la sociedad cubana. En este sentido, creemos que es un espacio de realización individual y colectiva, así como de reafirmación de la masculinidad hegemónica en tanto expresión social.

Un promedio estimado de 80 aficionados se dan cita diariamente. La gran mayoría asiste por las tardes, horario donde se originan los debates más intensos y productivos, debido a la gran afluencia de personas que van saliendo de sus centros de trabajo o estudio.

La composición sociodemográfica del grupo de aficionados de la peña deportiva Parque Central, es variada y, a la vez, homogénea. Se observa gran diversidad en cuanto a las edades; mas lo semejante se percibe en que este es un grupo, por lo general, de hombres. La composición «racial» se caracteriza por un fuerte predominio de negros y mestizos, en comparación con los blancos. Este elemento no tiene que ver con problemas raciales dentro del grupo social, ni con el estereotipo de que los negros y mestizos demuestran más gusto por el béisbol, y por eso acuden en mayor número a la peña, sino que esta última está enclavada entre dos municipios (La Habana Vieja y Centro Habana), donde casi el 50 % de su población es negra y mulata, a juicio del historiador Félix Julio Alfonso López.

Los niveles escolares de sus integrantes oscilan mayoritariamente entre noveno y doce grado, con un alto por ciento de aficionados de nivel técnico medio. La mayor parte de estos está vinculada al trabajo y/o estudio, así lo evidenciaron las técnicas aplicadas. La presencia de aficionados asiduos, con un nivel escolar universitario, no es constatable en igual medida. Mientras, el rango de edad se extiende aproximadamente desde los 24 hasta los 80 años, con predominio entre los 30 y 50 años.

Violencia de género y béisbol: ¿se dan la mano?

Los debates acerca del béisbol que sostienen los aficionados en este espacio público son intensos, apasionados y caracterizados por una constante agresividad y violencia psicológica. Se constató que mantienen entre sí «buenas» relaciones, sobre la base del respeto; pero esto no significa que no se muestren con una actitud ofensiva y defensiva ante los criterios de otros.

Para debatir cualquier cuestión relacionada con el béisbol, exaltan sus emociones y exteriorizan rasgos masculinos hegemónicos. El querer imponer sus criterios por encima de los demás, la fuerte carga de violencia que lleva implícito lo que dicen, evidenciada por la manera en que se comportan: gritos, ofensas verbales, gestos con las manos y el cuerpo, que indican rivalidad con otros hombres, son algunos de los más comunes.

Los mismos aficionados son los que consideran que el béisbol es un deporte que genera violencia, debido a que es un juego de competencia y enfrentamiento entre hombres. De esa forma asocian el hecho de ser hombres con el ejercicio de la violencia, como si fuera un fenómeno natural.

Esta constante violencia y rivalidad, se debe señalar, no tienen su explicación en fenómenos naturales. Están dadas por la reproducción de estereotipos sociales que las legitiman, como los comportamientos relacionados con la masculinidad hegemónica. Esta tipología de las masculinidades se socializa todo el tiempo en la peña.

Durante los debates diarios, los aficionados se conducen, al menos en apariencia, de acuerdo con las reglas o exigencias de un patrón de conducta masculino que se refiere concretamente al comportamiento masculino violento, agresivo, machista, rudo, mujeriego y dominante.

El deber ser…

Para este grupo, los aficionados al béisbol deben ser «hombres de verdad», demostrar que saben de pelota y discutir todo el tiempo sin dejarse derrotar, cuando se rivaliza con otro aficionado. Esto denota que la masculinidad es, para ellos, una conducta que está configurada por la tradición y el sistema patriarcal de relaciones sociales imperante en la sociedad cubana. Esta se distingue, entre otras cosas, por no permitir que otro hombre te hable en voz alta, gesticule frente a tu rostro o pretenda destruir tus valoraciones para hacerte «quedar mal» ante otros.

En otras palabras, se trata de una interminable competencia para probarse a sí mismos y demostrar, ante los demás, que gozan a plenitud de virilidad y hombría. Ese afán de no dejarse vencer en una simple discusión sobre pelota, describe la presencia de otra de las características de la masculinidad hegemónica.

El hecho de que sea visible la constante exteriorización de determinados rasgos de la conducta por parte de estos aficionados durante los debates sobre béisbol, como aparentar ser fuertes, capaces de sostener una discusión con otro u otros aficionados, demostrar control y superioridad en la situación, mantener una actitud de intimidación psicológica para con el resto de los aficionados; la virilidad, el carácter recio e intolerante, el saber darse a respetar, alardear todo el tiempo acerca de hazañas personales, ingerir bebidas alcohólicas, proferir palabras obscenas, mostrar insaciable sed sexual por las mujeres y manifestar una actitud represora hacia ellas y hacia los homosexuales, nos permite concluir que en este espacio público urbano se socializa el patrón hegemónico de comportamiento masculino.

Para los integrantes de la peña existe una estrecha relación entre los aficionados y las características del béisbol, ya que este último condiciona a sus seguidores que socialicen de acuerdo con los requerimientos del patrón de comportamiento de la masculinidad hegemónica. El béisbol en Cuba se juega fuerte, agresivo, a ganar «destrozando» al rival y precisamente es lo que hacen los aficionados de la peña Parque Central cuando debaten.

Los jugadores cubanos de béisbol son símbolos de la masculinidad hegemónica para los aficionados. Mientras más machista, tosco, varonil, violento y habilidoso sean durante el juego de pelota, más aceptación ganan entre estos. Precisamente ellos tratan de cumplir con este esquema que configura la dinámica del béisbol en la sociedad cubana, y lo logran. Todo esto no hace más que obligar a los jugadores y aficionados a cumplir con un patrón masculino hegemónico, determinado por todos los elementos que se han enumerado.

El béisbol, amén de constituir nuestro deporte nacional, influye, en calidad de fenómeno social, en la manera de pensar, de actuar, de millones de seguidores en el país. Condiciona, sin dudas, directamente a todos los que se consideran sus fervientes admiradores.

Más estudios sobre este tema en nuestra sociedad pueden contribuir a validar el hecho de que para ser aficionado al béisbol, no hace falta extralimitar nuestra masculinidad y reducirla a simples comportamientos en el ámbito público, solo para ser socialmente aceptados y evitar posibles exclusiones.

Creemos que en Cuba tenemos que estimular la elaboración de trabajos acerca del tema de las masculinidades. Existen muchos grupos de hombres que socializan a diario sobre diversos temas sociales y que pueden ser abordados desde la sociología. Si llevar a cabo estudios sobre mujeres es importante, la realización de estudios sobre los hombres y sus masculinidades es también indispensable. Nuestra historia ha sido –aún está siendo- construida en gran medida por hombres, seres humanos que también tienen derecho a enfrentarse a los arraigados patrones obsoletos y tradicionalistas como los prejuicios sociales que existen alrededor de las masculinidades. Si no empezamos por tener al menos la intención de desmontar algunos pensamientos machistas y patriarcales, nunca seremos capaces de conocernos a fondo

Ver http://www.mujeres.cubaweb.cu/articulo.asp?a=2011&num=547&art=22

domingo, 15 de junio de 2008

Mujeres jugando beisbol en Cuba ¿grandes ligas?

Por Daniel Alejandro Fernández González, estudiante de 5to Historia de la Universidad de la Habana.

A pesar de los avances sostenidos por las mujeres, a todo lo largo del siglo XX, en el ámbito de las prácticas deportivas, aún perviven muchos remanentes que tributan de un modo u otro a la existencia del mundo de la competición atlética como una esfera de la sociedad reservada para perpetuar la posición de dominación de los hombres dentro de las relaciones de género. En el caso particular de Cuba (nación donde los logros de las mujeres en el campo del deporte son innegables e incontables), resulta paradójico que sea el béisbol, nuestro deporte nacional, uno de los deportes, sino el que más, donde la mujer aún permanece relegada no solo de su práctica, sino de todos los aspectos y dinámicas que genera “la pelota” en nuestra nación.
En una sociedad patriarcal como la cubana, el béisbol ha sido un espacio de legitimación de las características que dichas sociedades han utilizado para construir la identidad masculina (fuerza, agresividad, rudeza, inteligencia, valentía, etc.), socializador por excelencia de la masculinidad, marco propicio para demostrar el papel dominante del hombre dentro de las relaciones de género. En todas las áreas donde el deporte de las bolas y los strikes ocupa el centro de la atención se justifica su existencia como deporte y actividad social que tributa al comportamiento, actitudes, costumbres y actividades sociales reservados históricamente para los hombres. En un escenario que se erige en una especie de “santuario para hombres”, la mujer solo puede encontrar lugar si se comporta como fiel admiradora de estos “machos hegemónicos” que, divididos en dos bandos, se enfrentan en un “combate simbólico” que rebasa el marco de la búsqueda de la victoria deportiva, pues incorpora también luchas regionales, políticas o raciales. Resulta lógico pensar entonces, que la incorporación de la mujer a este espacio de reafirmación de los rasgos que definen la masculinidad, haya estado y se encuentre sujeta a las implicaciones de su posición de subordinación en las relaciones de género.
El documental “¿Grandes Ligas?” del joven realizador Ernesto Pérez Zambrano, es sin duda alguna una muestra fehaciente de cómo el béisbol en Cuba se convierte en un espacio de exclusión dentro de las relaciones de género. La obra centra su atención en un grupo de mujeres capitalinas que se han incorporado a la práctica del béisbol, a raíz de un llamado de la Federación de Mujeres Cubanas, hecho en el año 2003, donde instaba a sus integrantes a formar equipos de pelota en todas las provincias del país. Estas jóvenes muchachas no solo han debido enfrentar las dificultades que acarrea el aprender a jugar un deporte tan difícil como el béisbol, sino que se han encontrado con que viven en una sociedad patriarcal que no está dispuesta a aceptar que ellas ocupen un lugar en su deporte nacional, creado, pensado y practicado por y para los hombres.
¿Grandes Ligas? visibiliza de muchas maneras lo enunciado en el párrafo anterior. Las tomas realizadas en la peña beisbolera del Parque Central, el mayor espacio de debate sobre béisbol en la Ciudad de la Habana, en el que la presencia femenina es nula, muestran opiniones que van más allá de la no-aceptación de la práctica del béisbol por parte de las mujeres, al considerarlo “deporte de hombres”, sino que incluso retoman postulados de inicios del siglo XX que consideraban inferior a la mujer por obra de la genética. De igual forma en uno de los sitios que presenta el documental: un lugar donde se encuentran un grupo de hombres jugando dómino, estos coinciden en señalar el papel doméstico que históricamente ha sido reservado a la mujer dentro de la sociedad (en este caso uno de ellos las ubica en la cocina y además considera que ese machismo lo trae incorporado por herencia), lo cual impide que estas puedan desempeñar actividades como jugar béisbol. Cuando el documental se centra en lo que es a mi juicio uno de los momentos más importantes de la pelota cubana en este siglo: la aparición de la primera mujer árbitro en Series Nacionales, Yanet Moreno, vemos que aquí la oposición adquiere ribetes más drásticos. Para los entrevistados resulta impensable que una mujer asuma las riendas de un juego practicado por hombres, “eso si es cosa de hombres”, “me parece que es un hombre lo que tengo al lado”, son algunas de las ideas que se enuncian.
Uno de los elementos importantes que refleja el documental, subyace en las opiniones de los entrenadores y directivos que se han implicado en el desarrollo del béisbol de mujeres. Ellos contrastan en sus palabras su afirmación de que las mujeres pueden jugar béisbol, de hecho lo están demostrando, con la necesidad de que en su práctica no pierdan las características femeninas que las convierten como dice Lázaro de la Torre: “en las que adornan la naturaleza” y por lo cual deben comportarse siempre como mujeres, lo cual de igual forma encierra cierto recelo y además contradicción, ante la posibilidad de que la práctica de un deporte que conlleva características asociadas a la masculinidad, ponga en duda la “condición de mujer” de estas atletas.
Lo dicho hasta este instante pudiera hacer pensar que son demasiadas las trabas que la dinámica de la sociedad cubana, en el orden de las relaciones de género, les impone a estas muchachas en su afán de jugar béisbol. Si bien ello es cierto, las entrevistas realizadas a estas mujeres y las imágenes que nos muestra el documental demuestran que ellas están profundamente conscientes en primer lugar: del origen y de la existencia de estas dificultades, así como de la necesidad de luchar e imponerse sobre ellas; y en segundo lugar: que la práctica del béisbol es una actividad que conlleva características legitimadas históricamente por los hombres, sin que ello decosntruya o modifique su femineidad o los elementos que ellas asumen las definen como mujeres por el solo hecho de jugarlo.
Para finalizar no quisiera dejar de señalar la importancia que reviste que el documental hurgue en la historia, a partir de las entrevistas realizadas a dos mujeres que jugaron béisbol en el período que puede considerarse como la mejor época del béisbol femenino en Cuba: entre mediados de los años cuarenta y la década del cincuenta del siglo XX. Ello pone en evidencia algo que es desconocido para muchos: que la relación entre la mujer cubana y el béisbol tiene una historia, que si bien ha estado permeada en todo momento por el “machismo” que ha caracterizado el decurso de nuestra nación, cuenta con momentos en que la mujer pudo invadir los diamantes beisboleros y causar asombro e incluso aceptación por sus capacidades como pelotera.

miércoles, 4 de junio de 2008

“Masculinidad y Raza en el béisbol profesional cubano” (1940-1949).

Daniel Alejandro Fernández González. (historiador)


Los incontables progresos sostenidos por el deporte a lo largo del siglo XX, trajeron aparejado que el mundo de la práctica deportiva traspasara el marco de su definición como “…sistema de competiciones físicas, generalizadas, universales, abierto por principio a todos, que se extiende en el espacio (todas las naciones, todos los grupos sociales, todos los individuos pueden practicarlos) o en el tiempo y cuyo objetivo es medir y comparar las actuaciones del cuerpo humano concebido como polémica siempre perfectible.”[1], para instituirse como un espectáculo dentro del cual, convergen, se legitiman y se expresan fenómenos y aspectos sociales como la violencia, las conciencias e identidades colectivas, las relaciones raciales y de género; en un campo donde se interconectan y tienen lugar relaciones económicas y comerciales, y se validan intereses políticos propios de las sociedades modernas.
Dichas transformaciones trajeron como resultado que el deporte se convirtiera en uno de los tres grandes socializadores de los seres humanos, junto a la música y al sexo. Estas relaciones de socialización establecidas van a estar interconectadas a las relaciones de género, en tanto en ellas intervienen códigos de comportamiento y valores previamente establecidos y asignados a tono con la posición del individuo (hombre o mujer) en las relaciones de dominación y subordinación. Dentro de la multiplicidad de disciplinas deportivas que existen, los deportes colectivos (fútbol, baloncesto, balonmano, béisbol, rugby, hockey sobre hielo, entre otros) se han legitimado como espacios donde se desarrollan “luchas” o “enfrentamientos” entre dos bandos que tributan a la producción y reproducción de características y elementos asociados a un modelo de masculinidad hegemónico, al que no todos los individuos están llamados a pertenecer.
En Cuba el béisbol, deporte nacional, parte indisoluble de nuestra identidad, partícipe activo en la conformación de la nacionalidad cubana; ha sido un espacio de legitimación de las características históricamente utilizadas para la construcción social de un estereotipo de masculinidad hegemónica (fuerza, agresividad, rudeza, inteligencia, valentía, poder, etc.) En todas las áreas donde el deporte de las bolas y los strikes ocupa el centro de la atención: terrenos, graderías, peñas beisboleras, órganos de prensa, establecimientos y paredes con imágenes y grafitis, se justifica la existencia del béisbol como deporte y práctica social que tributa al comportamiento, actitudes, costumbres y actividades sociales reservados históricamente para perpetuar la posición jerárquico-dominante de un grupo de hombres sobre las mujeres y sobre otros hombres.
Como parte de la elaboración del proyecto de tesis de licenciatura en que me encuentro inmerso, referido de forma sintética al estudio de la socialización de las masculinidades de los peloteros cubanos que, durante la década de 1940, emigraron a los Estados Unidos contratados para jugar en las distintas ligas del béisbol organizado (rentado o profesional) de esa nación, el estudio del decurso del béisbol profesional cubano y de su par norteamericano en el período señalado, me permitió definir la imposibilidad de examinar la(s) masculinidad(es) de estos deportistas sin tener en cuenta la interrelación que se establecía entre la construcción social de esa(s) masculinidad(es) y las categorías raza y nación.
Ello condiciona que el estudio de la(s) masculinidad(es) de esos peloteros y de su socialización, rebase el marco de la precisión y adjudicación de características anteriormente mencionadas (fuerza, inteligencia, violencia, arrojo), asociadas a un estereotipo de masculinidad(es) determinado, al deber tenerse en cuenta otros elementos referidos al hecho de ser un pelotero negro o blanco, cubano o norteamericano, negro y cubano o negro y norteamericano, blanco y cubano o blanco y norteamericano. Además considero necesario señalar que tampoco puede obviarse el contexto histórico-espacial de ambas naciones que enmarca al período estudiado; ni los discursos y prácticas en relación a raza y a la nacionalidad que prevalecen en él y son trasladados al escenario del béisbol[2].
En el marco de las relaciones que desde la introducción del béisbol en Cuba (década del sesenta del siglo XIX) se establecieron entre la pelota de la Isla y su similar de los Estados Unidos, acrecentadas tras el arribo de la nueva centuria, encontramos que hacia la década de 1940 esa interconexión implica una profunda interdependencia en las dinámicas que moldean el curso de la pelota en ambas naciones, aunque partiendo siempre del papel hegemónico de la organización del béisbol de grandes ligas norteamericano y de su interés por mantener el dominio de la cultura que representa, la de las elites blancas y por incrementar el control económico del béisbol en su totalidad . Esas relaciones se van a manifestar en el constante ir y venir de jugadores y equipos cubanos y norteamericanos para insertarse en ambos universos del béisbol profesional, a través de la contratación de peloteros, la celebración de series de exhibición, la participación de equipos cubanos en circuitos del béisbol rentado estadounidense.
En un contexto donde el béisbol norteamericano aún se encuentra sujeto a la segregación racial impuesta a finales del siglo XIX, en tanto coexisten dos circuitos profesionales, diferenciados más que por el capital de sus dueños o por la calidad de sus equipos, por el color de la piel de los jugadores que en ellos se desempeñan, el béisbol profesional cubano se presentaba en apariencia como el paraíso de la integración racial, al exhibir equipos donde confluían jugadores negros, blancos, mestizos, ya fueran cubanos o norteños.
El análisis de las implicaciones que trae consigo esta diferencia, condiciona una vez más la determinación de las masculinidades que definen a los peloteros que confluyen en esta investigación. Lógicamente, entonces, la construcción social de las masculinidades de los peloteros, negros o blancos, cubanos o norteamericanos en el béisbol profesional de la nación caribeña y la comprensión de las dinámicas de su socialización, llevadas al universo de la pelota rentada de los Estados Unidos, una vez que los peloteros de ese país retornan a sus circuitos nacionales y un número considerable de jugadores cubanos son contratados para jugar en ellos, va a pasar por un proceso de deconstrucción y readaptación a nuevas condiciones, relaciones y modelos de dominación y subordinación.
Si se tiene en cuenta que en el decenio de 1940 se capitaliza la supuesta integración racial en el béisbol norteamericano con la entrada oficial en el año 1947 del primer pelotero negro (Jackie Robinson) a las Ligas Mayores, tras un proceso de búsqueda por parte de los magnates del béisbol blanco de aquellos “jugadores de color” que reunieran las características asociadas al modelo de masculinidad hegemónico representado en el pelotero norteamericano blanco (con lo cual les sería otorgado un poder simbólico convirtiéndolos en paradigmas a seguir por sus iguales) y estuvieran dispuestos a aceptar el orden en la relación de dominación-subordinación establecido; proceso al que el béisbol profesional cubano no estuvo ajeno, tenemos un nuevo elemento a considerar para la consecusión de los propósitos que persigue esta investigación.[3]
Para arribar a estas conclusiones iniciales, en relación con la construcción social de la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos y su socialización en el escenario del béisbol profesional de los Estados Unidos, resultó imprescindible la consulta de una fuente publicística cubana que circulara durante el período: la revista Carteles. La revisión de cada uno de los números que semanalmente publicó dicha revista en los diez años que se estudian, evidenció cómo la prensa especializada en el tema del béisbol en Cuba, no se detuvo en la simple reproducción de scores de juego y estadísticas de jugadores y equipos, sino que tomó posición a partir de un discurso de defensa de la identidad cubana representada en sus peloteros y de la necesidad de un espectáculo deportivo que no estuviera mediado por las diferencias raciales, intrínsecamente ligadas a ese discurso nacionalista. Ello permite que a pesar de no existir en los artículos revisados la intención de implementar una perspectiva de género, y particularmente de incorporar elementos relativos a los estudios de masculinidad[4], se puede encontrar en ella elementos sólidos para conformar una visión bastante integral sobre los mecanismos a partir de los cuales se construyen socialmente la(s) masculinidad(es) de los peloteros cubanos en el béisbol profesional de la isla, su transformación y socialización una vez que estos peloteros se insertan en el béisbol organizado de Norteamérica y cómo se involucran en ello estructuras sociales como la raza y la nacionalidad.




[1] Tomado de: Jean Marie Brown. Sociología política del deporte. París, Editorial Macrolibros, 1968, p. 44.

[2] Para una mejor comprensión de este último aspecto resulta indicado la lectura de la ponencia: “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol” de los investigadores Lisa Brock y Otis Cunningham, compilada en el texto “Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos.” Ver: Lisa Brock y Otis Cunningham. “Los afronorteamericanos, los cubanos y el béisbol”, en Rafael Hernández y Joan Coatsworth. Culturas encontradas: Cuba y los Estados Unidos, Centro Juan Marinello/Universidad de Harvard, 2001, pp. 203-227.

[3] Un elemento interesante en ese sentido resulta el hecho que uno de los jugadores negros que habían sido propuestos para romper con la barrera racial en el béisbol profesional norteamericano fue el cubano Silvio García, que al igual que Robinson era una de las grandes figuras de las Ligas Independientes de Color. Se cuenta que al ser entrevistado por el dueño de los Dodgers de Brooklyn (club que realizó el contrato de Jackie Robinson), Branch Rickey, García manifestó que ante la posibilidad de cualquier ataque de contenido racista hacia su persona, respondería de forma violenta, lo cual anuló la oportunidad de que fuera el pelotero designado para “hacer desaparecer la barrera racial”. Ver: Roberto González Echevarría. La gloria de Cuba. Historia del béisbol en la isla. Madrid, Editorial Colibrí, 1ra edición en español, 1999.

[4] Ello resulta lógico si se tiene en cuenta la distancia en el tiempo que median entre los años en que circula la revista y el momento de inicio de estos estudios.