lunes, 15 de julio de 2013

Hacerse hombre enfrentando el peligro

Por Jesús E. Muñoz Machín

Siempre me llamó la atención montar patines, aunque nunca fui ducho en ello y jamás tuve unos propios. Por estos días rememoro con frecuencia mi niñez cuando observo a los muchachos que se deslizan raudos sobre ruedas por los alrededores del Capitolio. Siento nostalgia por el tiempo pasado que solo volverá en difusos recuerdos.

Recientemente, comenté con la vecina mi atracción por el patinaje. Ella me contó que hace algún tiempo esa actividad también fue el entretenimiento preferido de sus dos hijos. Escuché sus historias, de las cuales una acaparó mi atención: “Ellos se tiraban por los pasamanos de la escalinata del Capitolio”, sonrió levemente.

Al día siguiente fui al lugar, observé con detenimiento que algunos adolescentes y jóvenes, varones todos, se deslizaban por los mencionados pasamanos. Durante un rato vi cómo cinco muchachos arriesgaban su vida sin sentido, como quizás alguna vez lo hice en mi natal provincia de Pinar del Río.

“Dale mijo, no seas ratón”, dijo uno de ellos. Y a ese llamado “varonil” respondió otro deslizándose veloz. Cuando se reunió con el resto de los chicos —con edades entre 13 y 24 años— recibió la felicitación.

EL “MITO” DEL HÉROE

Para muchos hombres someterse a situaciones de riesgo puede definir la construcción de la masculinidad, sobre todo en la adolescencia y la juventud. Diversas investigaciones reconocen la tendencia de los varones a exponerse a sucesos peligrosos con el fin de validar su “hombría”. A ello se le ha dado en llamar el “mito” del héroe.

“Si no lo haces eres el flojo del grupo”, dice Andrés, de 14 años, quien reside en Centro Habana y cada tarde patina en los alrededores del Capitolio. Para Ernesto, un veinteañero de La Habana Vieja, “no se trata de que los hombres no sientan miedo, sino de que nos gusta probar hasta dónde podemos llegar”. 

Los criterios son diversos. Algunos reconocen que la “presión del grupo” influye en lo que hacen, otros creen que es algo “natural” en los varones, debido a su fortaleza corporal y habilidades desarrolladas desde la niñez, y para ciertos jóvenes es válido sentir temor y no dejarse influir por los demás.

De cualquier forma, cada tarde algunos varones, casi todos residentes en los municipios de La Habana Vieja y Centro Habana, continúan deslizándose peligrosamente por los pasamanos de la escalinata del Capitolio a velocidades que infunden miedo.

Muchos se han dañado, como ellos mismos reconocen. “Una vez me hice un esguince en un tobillo”, confiesa Juan Mario, de 13 años. Y Alexis, con una década más de vida, ha sufrido múltiples caídas, cuyas cicatrices exhibe como trofeos de guerra. Otros, sin embargo, no han ido jamás al suelo o no han sufrido lesiones, por lo cual aseguran que nunca les ocurrirá nada.

La mayoría de los varones consideran que una caída no es nada comparado con lo que pudiera suceder si quedan mal parados frente a sus semejantes. Al respecto, el historiador y antropólogo cubano Julio César González Pagés, en su libro Macho, varón, masculino. Estudio de Masculinidades en Cuba (Editorial de la Mujer, 2010), señala que “la posibilidad de sufrir daños físicos (…) se da la mano con la presión psicológica que enfrentan los jóvenes” en los espacios de ocio cotidianos.

Como afirma González Pagés, que los hombres violenten su propio cuerpo es parte del “modelo de identidad masculina victorioso”. Aquellos que no logran vencer “sus miedos” se convierten en objeto de burlas y son catalogados automáticamente de “cobardes”, “pendejos”, “mariquitas”, entre otros descalificativos machistas.

Por ello es muy común que en Cuba —como en otras naciones— los varones manifiesten conductas temerarias. Cuando se aproximan los meses de julio y agosto, los más calurosos dentro del eterno verano tropical, muchos jóvenes acuden a ríos, playas, parques, campismos u otros espacios de recreación. En esos escenarios la competitividad y necesidad de legitimación de la masculinidad puede provocar daños fatales para su salud física y mental.

Lanzarse al agua desde grandes alturas, “escalar” colinas sin senderos creados para tales empeños, nadar hacia aguas profundas enfrentando el oleaje, entre otros actos de supuesta valentía, en no pocas ocasiones suponen momentos dramáticos para las familias.

El “mito” del héroe es quizás una de las explicaciones más eficaces para demostrar que los índices de muertes por accidentes en la población masculina tienen una alta dosis de machismo. Las formas nocivas en que los varones aprenden a vivir su masculinidad desde edades tempranas los lleva a actuar de manera irresponsable contra sí mismos.

Si bien el modelo de masculinidad hegemónica otorga determinados privilegios, también se puede morir intentando llegar a ser verdaderos machos, varones, masculinos.

1 comentario:

Cecilia Teràn dijo...

Si muy de acuerdo con los mitos de hacerse hombre enfrentando el peligro es parte de la construcción que culturalmente se les enseña al sexo masculino desde muy pequeños como decirles los Hombres no lloran.